viernes, 14 de diciembre de 2018

LUCES DE NAVIDAD




Buenas noches, amigos. Ya caminando por diciembre, a toda velocidad, y divisando el final de estas vías que nos han conducido por este apasionante 2018. Sí, creo que ha sido un buen año, al menos así lo he sentido yo…pero ya habrá tiempo de hablar de él cuando estemos a las puertas del que ya llega empujando.
Como digo, ya empezado este diciembre con ritmo, con ganas de llegar a mi tiempo favorito del año. Los antiguos del blog lo sabéis de sobra pues siempre me gusta mencionarlo. Sí, con ganas de abrazar la Navidad. Ya sé que deberíamos hacer del resto del año Navidad…pero la realidad es que nos olvidamos y yo tampoco soy distinto. Solo vivimos el ambiente de la Navidad en este mes de diciembre y, quizá, en el de enero. Pero bueno, somos así aunque no debiéramos. Y como somos así, disfrutemos y hagamos disfrutar a nuestro entorno de este tiempo para las ilusiones, las buenas maneras, los buenos rollos, en fin, para la concordia y el disfrutar de los demás; de esos que nos caen mal o no tan bien como debieran; de los que no soportamos y en estos días tenemos que verles; especialmente a estos son a los que debemos hacerles la vida agradable y demostrarles que, aunque solo sea en Navidad, son algo importante o, al menos, significativo para nosotros. Quizá así los descubramos. Quizá así obre el milagro de la Navidad y descubramos gente que merece la pena. Probadlo, amigos. Y os invito a que en los comentarios de esta entrada, cuando sea, compartáis con nosotros si realmente el milagro de la Navidad se acercó a vuestro entorno.
El tiempo de Navidad es una mezcla de todo. En ella tienen cabida, principalmente, los que la sienten como lo que su nombre indica; pero también están, por supuesto, todos aquellos que disfrutan con esa atmósfera que se crea y conforma un tiempo especial del año; también los que tradicionalmente quieren reunirse con sus seres queridos que, el resto del año, se encuentran fuera por motivos de trabajo o porque la vida les ha apartado de sus orígenes y vuelven a ellos en Navidad. Eso tiene la Navidad que tiene un calor que a todos acoge y, por eso, me gusta tanto este tiempo.
Y de ilusiones, magia, milagros y, sobre todo, Navidad, va la entrada de hoy. Ya este cuento es conocido por todos los que lleváis enganchados a este blog unos años pero…es que me resisto a que llegue Navidad y no os lo traiga de nuevo…aunque ya lo conozcáis. Así tengo la posibilidad de hablaros de este entrañable tiempo. Sí, “Luces de Navidad”, es un cuento exclusivamente de Navidad. Es una historia en la que he querido meter todos los personajes que, de una u otra manera, están presentes en nuestras Navidades. En esta historia se ven reflejados todos nuestros, “yo pequeño”, y todas las ilusiones que cada uno de nosotros queremos seguir manteniendo en nuestro entorno más cercano, el de la familia. Eso pretende ser “Luces de Navidad” y aquí os dejo la sinopsis:

Si hay una época adecuada para que nuestros deseos se cumplan, esa es, sin duda alguna, la de Navidad.
Esta historia es un canto a la Navidad que llevábamos dentro cuando éramos niños; a la Navidad que llevamos dentro ahora que no lo somos tanto. A esa Navidad en la que Los Reyes Magos, Papá Noel y el Árbol de Navidad, con su adornada majestuosa presencia, tienen un significado verdadero.
En este cuento de Navidad, Lucas, busca desesperadamente quien le pueda adornar su querido abeto que, aquellas Navidades, debía de permanecer solo en el valle.
“Luces de Navidad”, cuento de gran ternura, ilusión, sencillez y sobre todo de Navidad, nos la acerca a aquellos a los que la Luz de la Navidad nunca se atenúa en nuestro interior.



Ya conocéis a mi compañera en este proyecto pues, también lo sabéis, estuve firmando mi primer álbum ilustrado, “La nota que faltaba”, en su librería durante la Feria del Libro de Zaragoza de este 2018. Ella es, Beatriz Barbero-Gil, ilustradora salmantina afincada en Zaragoza, como os digo.
todos los derechos reservados).
Nuestro proyecto de álbum está circulando por muchas editoriales que creemos son sensibles al tema de la Navidad que, si bien es cierto que tiene que ver con una conmemoración religiosa muy importante para los que somos católicos, no es menos cierto su aspecto relacionado con la leyenda, la magia y la ilusión que nos trae cada año la imagen acogedora de Papá Noel. Creemos que nos está costando mucho trabajo encontrar una editorial que quiera apostar por nosotros en este tiempo en el que se le da la espalda y no se mira con buenos ojos todo lo que tiene que ver con este tipo de sentimientos religiosos que, por otra parte, se quiera o no, están muy arraigados en la sociedad, al menos en la española (vosotros me diréis si en vuestros respectivos países sucede lo mismo). Mi compañera Beatriz y yo hemos querido apostar por “Luces de Navidad” porque creemos que es una historia que llega al corazón y que cuando te dejas envolver por sus letras y sus imágenes te sientes que vuelves a tus ilusiones de otros años que ahora puedes compartir con los pequeños de la casa y disfrutarlo junto a ellos. Eso pretende nuestro álbum, “Luces de Navidad”.
Pues nada más, mis queridos seguidores y amigos, y hoy más que nunca os deseo que sigáis soñando y tratando de ser felices y qué paséis una muy feliz Navidad.
Un cariñoso abrazo.
José Ramón.


Ya llegaba la Navidad a aquellos parajes de ensueño −por lo menos es lo que nos parecería a cualquiera de nosotros−, y la nieve empezaba a blanquear las altivas y elegantes montañas que contribuían a crear ese ambiente sereno que envolvía al valle en un abrazo singular, en esa mañana en la que Lucas estaba un poco disgustado con su padre.
―Papá, por favor, deja que sean éstas las últimas Navidades que pasemos aquí ―suplicaba Lucas desesperadamente.
―Ya te he dicho que está previsto que este año nieve más de lo normal y que, si permanecemos aquí, seguramente quedaremos aislados todo el invierno. Ya sabes que no queda nadie en el valle. Todos se han ido trasladando a la ciudad pues ya no queda trabajo por estos lugares… ―intentaba razonar con el pequeño Lucas que, a pesar de su corta edad, ocho años, comprendía perfectamente lo que su padre le decía, aunque se resistía a aceptarlo.
Todos los años tenían la misma conversación, pero con final distinto. Éste parecía el definitivo pues las previsiones meteorológicas se presentaban decisivas a la hora de que su padre no retrasase más la partida.
En la ciudad no podría adornar su querido abeto de tres años que, en el jardín de la casa, ya se erguía majestuoso, creciendo y creciendo, día tras día, con vocación de llegar a ser el más alto y elegante de todos los que allí se alzaban recios y desafiantes a los vientos, las lluvias y las ya próximas frías y blancas nieves. Con este pensamiento, Lucas, se entristecía. La Navidad sin su abeto…….. no sería la misma.
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―Venga, Lucas, ayuda a mamá y a tu hermana a meter las cosas en el coche, que se nos hace tarde ―urgió su padre con impaciencia.
No sé cómo lo voy a hacer, pero ……………………….. se prometió Lucas mientras corría al trastero en busca de la caja que contenía ………………………….
Ya en la ciudad, no dejó pasar ni un día; mejor dicho, no dejó pasar ni una noche sin pedir a Dios que enviase a “alguien” –unos angelitos estarían bien, pensó− para que …………………………………………………………………………..
Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente eran fijos en sus peticiones diarias: “esos sí me harán caso, decía. Siempre me han traído lo que les he pedido…”, decía totalmente seguro y con confianza. “Les escribiré una carta y les pediré que hagan un alto junto al abeto y ……………………………………………………………………..
Llegó el día 24 de diciembre.
El valle lucía completamente nevado como predijo el padre de Lucas. La circulación en vehículos no era posible, por lo que era una realidad que la casa de Lucas quedó totalmente aislada. Eso no significaba que no tuviese vida a su alrededor…
El Sol se dejaba caer sobre el valle y, apoyándose en la fría nieve, se reflejaba con fuerza intentando calentar todo aquél que lo buscase en aquellas gélidas jornadas. La nieve blanca, suave y fría, muy fría, acogía por aquí y allá alguna que otra huella de algún animal vagabundeando en busca de algo que llevarse al estómago, empresa difícil debido al grosor de la nieve caída los últimos días. El ambiente era cálido, a pesar del frío; se oía el silencio y el rumor del viento paseándose por el manto blanco y acariciando las hojas no caducas de los recios abetos. También se divisaban huellas de cazadores que se aventuraban por aquellos rincones en el frío invierno de aquél veinticuatro de diciembre, en busca de algo que aportar a la cena familiar que ya en todos los hogares se empezaba a preparar…menos en las casas del valle que se habían quedado sin el calor familiar de sus habitantes.



Era ya media tarde cuando…¿qué bullicio es aquél que está rompiendo la paz del valle? ¿qué está pasando en el tejado de la casa de Lucas? ¿Y esos trinos y píos, píos de pájaros? Un montón de pájaros se apelotonaban, haciéndose hueco con el ansioso batir de sus pequeñas alas, para introducirse, los primeros, por la chimenea de la casa……………………………………………………………
¿Pero quiénes se acercan por allá a lo lejos? Estaba ya anocheciendo y era difícil ver de quién se trataba. ¡Ya los veo! ¡Qué bonitos ……………………….!
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El silencio volvió al valle aunque, para ser más exactos, se dejó acompañar por los acordes de una conocida canción de Navidad que a lo lejos se dejaban sentir.
Estaba ya entrada la noche y desde las cumbres majestuosas que circundaban el valle se podía ver ……………………………………………………………….




martes, 27 de noviembre de 2018

Otro trabajo en puertas: "CIRIACO Y EL CARACOL"






Hola, amigos, buenas tardes de este ya casi pasado noviembre. ¡Menudo mes bueno ha sido noviembre! Al menos para mí y mis compañeros ilustradores. Parece que nuestro trabajo empieza a dar sus frutos. Pero no os penséis que los frutos son algo del otro mundo. No, los frutos para mí, y me imagino que para la mayoría de los lustradores que trabajan conmigo, no son otros que ver publicados nuestros trabajos. Os lo comentaba en otras entradas: si no estuvieseis ahí, detrás de vuestra pantalla (lo que daría por veros), yo no escribiría. Si no supiese que estáis esperando a ver los cuentos que os voy presentando, ya tan conocidos por todos vosotros, sobre todo los más antiguos, en los escaparates de las librerías o a través de las digitales en la red, yo no escribiría. Nuestro triunfo, que nos hace olvidar el duro trabajo no sabiendo si llegaremos a publicar, es precisamente ese: el ver publicada nuestra obra.
De esto os quiero, de nuevo, contar cosas hoy. En este magnífico noviembre, otra editorial ha contactado con nosotros y nos ha ofrecido la publicación de nuestro proyeto de álbum ilustrado, Ciriaco y el caracol. En esta ocasión mi querido y simpático compañero, Daslav Mirko Vladilo Goicovic (reservados los derechos de autor) (http://damivago.cl/), es quien disfrutará conmigo esta nueva oportunidad que nos ha brindado una editorial catalana. Me permitiréis que guarde el secreto de su identidad, de momento. Este proyecto tiene algo novedoso para Daslav y para mí, y es que los primeros cien ejemplares van a ser editados por el método del “micro funding”. No me preguntéis cómo funciona ello pues tengo una ligera idea y en breve, una o dos semanas, sabremos con certeza el proceso que seguirá nuestro proyecto. Sé que es una manera muy efectiva para la publicación de un trabajo y que requiere, desde los primeros momentos, el apoyo entusiasta de la gente interesada en este tipo de literatura, aunque algún otro pudiera subirse al carro con fines meramente comerciales…pero no me hagáis demasiado caso pues ya me he confesado que no conozco el tema como para explicároslo aquí. Pero tiempo habrá de hacerlo y seréis los primeros en saberlo. Quizá deba reclamar vuestra participación. No sé, la verdad.
Por último solo me queda invitaros a daros una vuelta por el resto de entradas en las que os hablaba de esta divertida historia. Los enlaces son los siguientes:
La primera vez os lo contaba en el ya lejano febrero de 2013
Y esta es la última de verano del año pasado:

Pues nada más. Solo quería que compartieseis con nosotros esta nueva alegría que nos ha traído este 2018 que ya va a toda velocidad a entregar el testigo al 2019 que ya llama a la puerta de la vida. Ésta que se nos va entre los dedos y no nos damos cuenta. A Ciriaco y, sobre todo, al caracol, Lucio, casi se les fue en aquel solar abandonado hasta que…
Os dejo con nuestro nuevo proyecto encarando ya la parrilla de salida al mundo de vuestras ilusiones…y de las mías.
Descansad, soñad y no dejéis de ser felices.
Un cariñoso abrazo, mis amigos de este blog.



Extrañas parejas de amigos se han visto siempre y, entre ellas, quizá una de las más sea la protagonista de esta historia.
Ciriaco, un escarabajo pelotero, se convierte en el Ángel de la Guarda de Lucio: un caracol con una bonita casa de rayas a su espalda.
Esta historia discurre en el solar descuidado de un chalet en venta desde hace unos años. Su nuevo dueño, recién llegado, decide cortar los rastrojos y ramajes que tanto lo afean, por el paso del tiempo.
La amistad es el valor que se realza en este divertido relato, no exento de dramatismo por lo incierto de su final…
En esta historia se exalta, fundamentalmente, la Amistad. Como valores secundarios nos habla del trabajo en equipo, de la labor conjunta entre compañeros y del sacrificio propio en beneficio de un compañero más débil.


Discurría la tarde, como otras muchas de aquél caluroso verano, sin más sobresaltos que el ruido de los hierbajos al moverse tocados por la brisa casi imposible de disfrutar en esos días. El calor al nivel de la hierba, lugar en el que vivía uno de los protagonistas de esta historia, era intenso, pero soportable. A pesar de la sequedad reinante, la tierra por la que se desplazaba siempre se mantenía cierto grado de humedad. También los arbustos, que a su paso encontraba Lucio, hacían más llevaderos los rigores de la estación. A él, la verdad, le traía sin cuidado si hacía más o menos calor. La casa que llevaba a cuestas le servía para protegerse de él, siempre que lo desease.
Sí lo has adivinado. Lucio era un caracol con una casa adornada por unas rayas que lo hacían muy atractivo y, a la vez, le permitían pasar desapercibido entre los rastrojos del solar en el que vivía, cuando algún peligro acechaba.
Esa tarde, Lucio se desplazaba por el centro del solar, tratando de encontrar alguna tierna hoja de césped o arbusto, como aquellas de las que daba cuenta en épocas lluviosas. Necesitaba apagar su sed y calmar su apetito. Aunque la empresa era difícil, no cejaba en su intento. Sabía que siempre había algo que llevarse a la boca, aunque no fuese todo lo jugoso que deseaba.


–Buenas tardes, Lucio. ¿Cómo estás?  –dijo Ciriaco, mientras hacía un alto en su ajetreado trabajo llevando una pelota de desperdicios, que no siempre olían todo lo bien que sus amigos deseaban, de un lado para otro.  
–Bien, muy bien –contestó Lucio, mientras miraba con cara de desagrado semejante bola, que estaba siendo empujada con maestría por su amigo, el escarabajo pelotero.
Ciriaco, que en poco tiempo era capaz de recorrer el solar, solía informar a Lucio de lo que acontecía aquí y allá
Estuvieron charlando durante un rato.……………………………………………………………………
Esta posibilidad les intranquilizó bastante, sobre todo a Lucio, pues en ese caso la zona ya no era tan segura como en la actualidad y debería, más pronto que tarde, ponerse en movimiento y recorrer una gran distancia para salir del solar y, con su casa a cuestas, irse a vivir a las proximidades del río que, a unos doscientos metros discurría con calma, camino del mar.…………………………………………………………………………
se despidió de él porque, según dijo, era urgente que antes de la puesta del Sol llevase su apestosa bola al otro extremo del solar, argumentando unas razones que, el caracol, no alcanzaba a entender. ¿Cómo nadie puede llevar semejante bola a ningún sitio?, pensaba Lucio. Por su parte, Ciriaco, no salía de su asombro de cómo nadie puede estar, permanentemente, cargando con su casa de un sitio a otro.………………………………………………………………………..
Se empezó a asustar e, instintivamente, comenzó su lento desplazamiento en dirección opuesta.
El ruido se oía relativamente lejano; calculaba que a la altura del porche de la casa a unos cuantos metros de su posición.
Estaba caminando cuando, apresuradamente y con cara de extrema preocupación, se le acercó Ciriaco; esta vez sin su fétida pelota.………………………………………………………….


No había tiempo que perder. Ciriaco se dijo que debía ayudar, a su lento amigo, a salir del solar. Su vida corría, ciertamente, peligro. Pero, ¿Cómo podría hacerlo?………………………………………….
Habían recorrido unos casi seis metros, cuando Ciriaco dejó de oír las respuestas de Lucio desde el interior de su casa y observó que, por la entrada de la misma, salía un líquido verdoso, casi amarillento………………………………………………






jueves, 15 de noviembre de 2018

CARGO BLUE. está ya en cabecera de pista






Hola, amigos, buenas noches. Ya estoy de nuevo con vosotros y llego, de nuevo, retomando las entradas que dan sentido a nuestro blog: las relativas a la literatura infantil. Hemos hecho un “kit-kat” que me ha permitido transmitiros con toda la fuerza la manera que tengo de contar historias. He podido regalaros una historia completa y creo haber conseguido que hayáis vivido sensaciones. He buscado el tiempo para hacerlo y lo encontré y disfruté con ello esperando vuestras impresiones y comentarios que agradecí y os agradezco ahora muchísimo. Así fue “Sultana” y disfruté con ella junto a vosotros. Pero ahora regresamos a mi mundo de las ilusiones; a mi mundo de las fantasías, de los valores, de los sueños. Regreso a contaros como los voy plasmando junto a los ilustradores, que llamo cariñosamente “mis” ilustradores, en un proyecto de letras e ilustraciones; de imágenes y escenas más o menos cargadas de sentido y sensaciones. Son mis compañeros y me siento muy afortunado de haberlos encontrado y tener su compromiso de emprender una aventura conjunta. Ellos y yo nos esforzamos en crear el producto mejor que seamos capaz de dar vida. El trabajo es duro, os lo aseguro. Se necesita “feeling” entre nosotros y creo que lo tengo con la gran mayoría de los catorce con los que en la actualidad estoy compartiendo sueños. Es difícil tratar de encontrar la editorial en la que tenga cabida cada uno de nuestros trabajos. No vamos deprisa. Realmente, salvo alguna excepción a cuyas ilustradoras aprovecho desde aquí para agradecerles su implicación en el proyecto, vamos lentos, pasito a pasito; a veces paso a paso; pero casi siempre son pasitos porque sus vidas laborales así lo imponen y yo quiero ser muy respetuoso con ello y trato de no ser impaciente…a veces creo que no lo he conseguido…pero me lo han sabido perdonar. Gracias por ello, mis queridos compañeros. Como digo, vamos pasito a pasito…pero siempre avanzando.

Y diréis: ¿por qué nos cuenta todo esto? Pues os lo cuento porque en ese pasito a pasito, parece que Cargo Blue ha llegado al final. Sí, mis queridos seguidores, Cargo Blue ha sido aceptado por una editorial que, me permitiréis, de momento quiero guardar el secreto sobre su identidad. “Nos ha encantado, Cargo Blue” me dijeron, para a continuación decirme que, dado que la programación del curso 2018-2019 ya la tienen completa quieren editarlo a partir de que dicho curso termine. ¿Cuándo? Pues no lo sé con certeza pues depende de muchos factores que a mí, no siendo editor, se me escapan. Lo que sí nos han dicho es que lo ponen en la lista de espera para cuando llegue su momento. Eso para nosotros es suficiente. Se trata de una editorial cuya oferta es muy, pero que muy, atractiva y tiene una pinta estupenda. Eso me pareció en su momento y, por ello, pensé que Cargo Blue podría formar parte de ella. Al parecer ha sido así.
Estamos felices y queremos, María José Plata ( https://www.facebook.com/mariajose.platasantos?fref=ts 
http://mjplatailustracion.blogspot.com.es/2016/12/pintando.html  todos los derechos reservados) y yo, compartirlo en nuestro blog con todos vosotros.
Y ya solo me queda, para ir abriendo boca antes de que podamos verlo en las librerías, recordaros las dos entradas en las que os comentaba que había encontrado una ilustradora que iba a dar forma a nuestro entrañable avioncito. También os traigo la entrada en la que os contaba cómo, en un festival en una escuela infantil, se adaptó esta historia para darle contenido al festival en sí.
Espero, amigos, que disfrutéis de los recuerdos que, para algunos de vosotros, seguro serán novedosos.
Cargo Blue está ya en cabecera de pista esperando poder despegar definitivamente con una gran carga de valores en su bodega, porque Cargo Blue es, fundamentalmente, un cuento de valores.
Buenas noches y, ahora más que nunca, no dejéis de soñar ni de ser felices.
Un abrazo muy cariñoso.
José Ramón.



miércoles, 17 de octubre de 2018

SULTANA (capítulo quinto y último)




Buenas noches amigos. Sultana, llega a su fin y os tengo que confesar que me da un poco de morriña. La verdad es que me siento cómodo escribiendo este tipo de relatos por capítulos. Sultana ha sido un relato especial para mí. Ha estado envuelto por sensaciones y sentimientos que se han ido entrelazando con las frases que buenamente he podido ir tejiendo. Sensaciones que me han calado dentro. Sensaciones que he ido descubriendo mientras la historia iba avanzando. Sultana se me ha ido revelando. La he ido descubriendo según la historia me llevaba por su pueblo, por los pasadizos de la Alcazaba y por situaciones que no os quiero desvelar. Sultana ha sido un relato que no olvidaré fácilmente. Os dejo con esta última entrega que espera sorprenderos.
Nos vemos en unos minutos…




Sultana seguía paralizada y la mano del guardia se le antojaba como una tenaza que seguía apretando. Ya le quedaban pocos segundos para emitir un grito de dolor y las lagrimas empezaban lubricar excesivamente sus ojos.
— Voy camino del serrallo — dijo secamente tras haber tomado aire para evitar que los nervios y el pánico que sentía la traicionasen — la favorita del Sultán nos quiere dar instrucciones a la hora del cambio del riego — añadió.
El guardia se quedó mirando, escudriñando la cara de Sultana escondida tras su shayla. Soltó su mano. Sultana emitió un leve quejido.
El soldado recordó el relevo que debía hacer al mencionar, Sultana, la hora en la que en breve sonarían las campanas. Giró sobre sus pies y, sin despedirse, prosiguió su camino con celeridad. El encuentro con la mujer le había retrasado. La maldijo entre dientes. Era un buen profesional y no quería faltar a sus obligaciones…bueno, buen profesional, lo que se dice buen profesional, no lo demostró…no supo detectar a un intruso en palacio.

Sultana sintió caerse al suelo. Se apoyó en la pared y respiró profundamente. Llego tarde, pensó. Más adelante se encontraba la entrada a un nuevo pasadizo, bajo un arco, en la parte posterior de su jamba izquierda. Miró a ambos lados y se metió bajo el arco. Allí, en la pared, una piececilla de madera, que formaba parte de la taracea, cambiaba su color al atardecer, de un verdoso a un rojo intenso. La presionó y atravesando una portezuela que se le vino encima en su giro, de unos 80 cm. de alto por unos 50 de ancho, se sintió a salvo. Ahora sí corría por los pasadizos que se fue encontrando. Atravesando estancias, públicas y privadas. Los asesores del Sultán discutían en unas y en las otras unos amantes secretos aprovechaban el poco tiempo que debían tener. Ella no tenía tiempo de prestar atención a lo que en ellas se cocía. No estaba jugándose la vida por ello.
Ahora debía salir al exterior de nuevo. Se encontró en un jardín con una fuente en medio, pequeña como todas, con su run-run acogedor, y con cuatro canalillos que de ella partían y se dirigían a sendas albercas, de figuras siempre sugerentes para capturar las miradas de los que allí habitaban, que se centraban en patios, a cual más bello. Cada canal miraba a un punto cardinal. El que debía enfrentar era, por supuesto, el que si se prolongase lo suficiente la guiaría a La Meca.
“Clon-Clon”. Sonó el cambio de riego. Me queda poco tiempo. Llegó a la fuente. Venía del oeste. La bordeó y corría pegada al canalillo del este cuando oyó voces que indicaba que alguien se acercaba. Eran varios hombres que venían riendo y contando historias, probablemente de lo acaecido durante su guardia, dedujo Sultana.
Estuvo a punto de caer al pisar una parte demasiado húmeda en su camino veloz para llegar al arco del final del canalillo del este. Dio un traspiés e incluso introdujo parte de su pie izquierdo en el agua que se desplazaba a la alberca del patio que ya divisaba. Las voces ya entraban en el patio. Sultana dio un salto y se coló bajo el arco y se pegó a su pared izquierda. De espaldas a ella. La pared era de una belleza extraordinaria. En ella se admiraba varias figuras geométricas: triángulos, pentágonos, estrellas y polígonos de mil lados todos ellos producto de una taracea realmente bella. Sultana sabía qué estrella albergaba en su centro la llave para internarse en un nuevo pasadizo. Las voces ya habían llegado al patio de los canalillos procedentes del norte. Ahora sí, Sultana, oía con toda claridad sus conversaciones. Cierto, eran guardias salientes de servicio, como había supuesto. Con su mano, detrás de la espalda acariciaba la pared tratando de identificar la estrella salvadora. Con su dedo índice paseaba a gran velocidad las aristas de los dibujos que adornaban la pared: triángulo…no éste no,…estrella de cinco puntas…no, la buena es la de ocho puntas…no la encuentro…estaba por aquí  —pensaba, a punto de ser presa del pánico. No se podía mover pues si lo hacía los recién llegados podrían llegar a ver aparecer parte de sus ropajes ondear en la entrada del arco del este. Ellos ya llegaban a la fuente central y pronto girarían hacia el patio del este…


¡Por Dios, estaba por aquí!, se dijo ya con los nervios a punto de bloquearla. ¡Ya está!, lo noto: núcleo de la estrella de ocho puntas. ¡Es ésta!, se dijo mientras apretaba el pequeño circulito en el centro de la estrella de su vida, en aquella situación. Ellos bordeando la fuente central. ¡No se abre! De nuevo pulsó…con fuerza. En el momento que ellos ya enfrentaban el canalillo del este y ya el arco y el patio final quedaban a la vista, la pared cedió y, Sultana, fue engullida, quedando tirada de espaldas, en el nuevo pasadizo. La puerta se cerró y en unos segundos, desde dentro, oyó los guardias, ajenos a lo que acababa de pasar en ese punto, seguir con sus risotadas y comentarios, muchos de ellos de carácter obsceno.
Las voces ya se alejaban. Ella seguía tendida en el suelo del pasadizo, tratando de equilibrar los latidos de su corazón. Ahora sí que había estado a punto de ser descubierta. Bien seguro que sí. Necesitaba recuperarse de la tensión a la que había estado sometida. Respiraba con violencia, con la mirada fija en un techo que no lograba ver. Algunas de las piececillas de la taracea exterior dejaban pasar la luz; aspecto que estudiaron a conciencia los artífices de semejante obra. Ello permitía que el nuevo pasadizo estuviese más iluminado que los iniciales de acceso al palacio.
Las empinadas escaleras que llevaban a la Torre de la Alerta estaban ya cerca. Solo tenía que pasar por un estrecho pasadizo que le llevaba al primero de los escalones. Ya en él, Sultana, se preguntó, siempre lo hacía, cómo pudieron escavar esa subida escondida, a caballo de la escalera de uso general. No cabía duda que fue obra de alguno de los muchos grandes ingenieros y sabios que poseía el mundo árabe.
Kamil miraba el corazón de rojo lacre que, de nuevo, apareció esa tarde en el lugar que en días pasados lo hizo. Giró suavemente sobre sí y miró en dirección al muro; al que solía mirar cuando presentía la presencia de alguien. Él desconocía la existencia de la red de pasadizos. Ello estaba reservado al personal de seguridad y sus antepasados no lo eran. De toques de campanas eran los que más sabían, pero la seguridad era otra cosa reservada a aquellos de la máxima confianza del Sultán.
Ella, Sultana, contuvo la respiración. Él la sentía. Estaba allí pero…¿dónde? ¿Por qué sentía ese pálpito tan fuerte? Sus corazones, a sus ritmos, parecían esas peras pequeñas golpeadas por un boxeador entrenándose a tope. Sultana tenía miedo de que él, al otro lado del muro, lo pudiese oír. Ella lo veía. Él la presentía.
Kamil se giró y caminó el corto espacio que le separaba de su atalaya, desde la que siempre se paseaba por el pueblo de Sultana, por sus calles blancas, por el lavadero, simulando saludar y hablar con sus gentes. Allí se apoyó y se dejó llevar.
— Hola. —dijo Sultana a pocos centímetros a su espalda.
Él no contestó inmediatamente. Suspiró y se echó la capucha de su chilaba hacia atrás sin llegarse a dar la vuelta.
Sultana, temblaba.
Kamil, también.
— Sultana, te estaba esperando ¿Por qué has tardado tanto en venir?
Se dio la vuelta y apartándole la shayla de la cara le dijo al oído, “Hola”, y la besó.
Los días y las semanas se sucedieron y, Kamil, logró el permiso del Sultán para ceder su puesto privilegiado en el interior de la alcazaba y bajarse a vivir al pueblo, junto a Sultana. Ambos en la madrasa fueron felices. Kamil, por fin, podía ver de cerca la manera en la que Sultana trataba a sus alumnos. Él fue contratado a cargo del orden y limpieza de aquella escuela envidia de la comarca; no en vano provenía de una comunidad privilegiada, como era la del interior de la alcazaba, junto al Sultán, y eso era un orgullo para la multireligiosa escuela.
“Clon-Clon”, sonaban las campanas anunciando la vida de todos ellos. Sultana y Kamil, siempre que las oían se buscaban y sonreían.



Queridos amigos, la verdad es que no sé si este es el final esperado por vosotros…Como no quiero defraudaros, tengo un segundo final que, a lo mejor, os gusta más. Yo creo que quizá es el que se merece esta historia cargada de fantasía y…amor.


Ella, Sultana, contuvo la respiración. Él la sentía. Estaba allí pero…¿dónde?
Se sentó en el banco frente a la campana y al reloj de sol que parecía parar su tiempo para Kamil. Todo le parecía que tardaba mucho en llegar.
— Hola…—dijo con esa voz en la que preguntas si el otro te estaba esperando.
Tomó asiento a su lado. Kamil se echó unos centímetros a su derecha.
— Hola…—le dijo él en su oído, una vez había pasado su pierna izquierda al otro lado del banco y ella recostaba su espalda en su pecho.
Las caras permanecían pegadas por sus mejillas. ¿Por qué has tardado tanto, Sultana, en venir?, inquirió Kamil, casi susurrando en su oído, sin esperar alguna respuesta. Nada se dijeron más.
El Sol se estaba despidiendo de todos. Especialmente de ellos. Cambiaba su faz brillante por la de rojo pasión que ambos necesitaban en ese momento. Los ojos de Sultana iban camino del color de la miel. Los de Kamil brillaban mucho.
Les envolvió la noche mientras permanecían espalda junto a pecho; mejillas fundidas; oliéndose; sintiendo sus corazones acompasándose muy lentamente hasta llegar a un latido común, sin propietario definido. Un solo corazón, rojo intenso, latía en medio de los dos.
El Sol tímido, por lo que esperaba encontrase, empezó a llamar a la Torre de la Alerta. Poco a poco, sus muros eran sobrepasados por unos rayos que proyectaban, sobre el patio de la torre, una sombra de la figura de granito que la noche cómplice moldeó y entregó al día.
En el banco donde se conocieron, hoy Banco de los enamorados de la alcazaba, unieron, según cuenta la leyenda, sus corazones, Kamil y Sultana, en abrazo infinito. Sus miradas siguen transmitiendo su brillo al ponerse el Sol.
Algunos dicen que, apoyándose en sus cuerpos, se puede sentir un suave y cálido palpitar de un corazón único. Al que lo oye se le permite coger la barrita de lacre rojo, que aún permanece donde Kamil la dejó, y colocar un corazón al pie de la escultura, como señal de que sus corazones siguen latiendo.
No sé si es verdad o sugestión por querer que se siga cumpliendo la leyenda que os he contado pero, mi corazón de lacre rojo, está allí donde Kamil y Sultana se susurraron un último y a la vez eterno hola.




Hasta aquí, Sultana. Espero que os haya gustado.
Yo regreso a la literatura infantil trayéndoos, en la próxima entrada, alguno de mis proyectos.
Solo me queda enviaros un cariñoso abrazo y desearos que nunca dejéis de soñar…y de ser felices.
José Ramón.



lunes, 8 de octubre de 2018

SULTANA (capítulo cuarto)






Hola, amigos, buena noches. Ya estamos llegando juntos al final de este relato por capítulos. Relato de amor según algunos de vosotros, por lo que me transmitís en los mensajes. Pero, ¿estáis seguros que es de amor? Igual al final de este capítulo no pensáis lo mismo. Intento mantener la expectación para que ninguno sea capaz de apostar por un final seguro. Espero que no haya nadie que sepa a ciencia cierta lo que va a suceder. ¿Os atrevéis a darme un final? Lo que si os aseguro es que en el capítulo quinto, en el último, hay una sorpresa.
Me gusta recorrer este camino, a través de un relato, junto a vosotros. Es como cuando vas en un tren con un compañero de viaje que has conocido, precisamente aquí, en el tren, porque habéis decidido dirigiros al mismo sitio buscando cosas parecidas. Juntos descubrimos el camino. Con vosotros encuentro una senda por la que me aventuro a contaros cosas. Seguramente, si no estuvierais tras esta pantalla, no sería capaz de ensayar nuevos entornos. Me contentaría con limitarme al tema infantil y ya está. No porque sea de poco empaque, que no lo es de ninguna forma; sino porque no me atrevería con otros formatos y otras temáticas. Con vosotros me atrevo a experimentar y me someto a vuestro juicio. Con vosotros mejoro en todos los sentidos. Mejoro mi forma de contar historias. Estoy seguro que ello hace mejorar mi forma de contarlas para los más pequeños.
La literatura infantil requiere de unas herramientas y unos mecanismos especiales. Me imagino que cada tipo de literatura tiene los suyos. En mi caso encuentro que, el de vez en cuando adentrarme en otros mundos en los que hay que ejercitar la imaginación, me ayuda a escribir para niños. Ellos son todo imaginación y fantasía. Ellos requieren historias más simples en la concepción, pero, por el contrario, más complicadas de contar. Llegar al corazón de un niño considero que no es fácil. Yo encuentro en mi camino junto a vosotros la manera de entrenarme para llegar a los pequeños.
Por cierto, ya os avanzo que estoy terminando un nuevo cuento sobre música. Quizá pueda ser un complemento a mi primer álbum ilustrado: “La nota que faltaba”. Pero eso es otra historia.
Ahora os dejo con Sultana. Espero que os guste. Ya me diréis, amigos.
Un cariñoso abrazo y no dejéis de soñar y de ser felices.
José Ramón.



Al terminar la clase de la tarde, salió rápidamente de la madrasa. Llegaba tarde. Dejó la clase apresuradamente, casi sin mirar a sus alumnos y más preocupada de abrigarse y no dejar caer sus libros y su bolsa ancha de un cuero ya raído por los años y, sobre todo, por el uso, que de despedirse de ellos. Entro en casa tan rápido como salió de la escuela. Cogió al vuelo una shayla de color neutro y una chilaba gris oscura. Ninguno de los dos colores llamarían la atención…no quería pensar en lo que le pasaría si la descubriesen. Así, pasaría desapercibida. Eso esperaba. El riesgo era algo secundario y se daría por bien corrido si consiguiese verlo y él la aceptase.
Se conocían de lejos y de lejos se miraban cuando él, fuera de los muros, le gustaba pasear sin rumbo por entre las calles del pueblo que le atrapaba desde allí arriba. No salía demasiado porque tampoco estaba demasiado bien visto. Ese trasiego de personas de dentro afuera y, menos frecuentemente, de fuera adentro, no gustaba demasiado, por temas de seguridad principalmente, al entorno del Sultán. Kamil, quizá por su posición privilegiada en la corte, tenía cierta bula y se podía permitir alejarse por unas horas de su entorno cerrado que le causaba, a veces, cierta sensación claustrofóbica.
Ambos, Kamil y ella, eran de edades parecidas. Sus padres y abuelos se conocían de cuando compartían su vida entre los muros de la alcazaba. Ellos dos no, pero sí se reconocían como algo cercano, no exento de curiosidad y cargado de una atracción para la que no encontraba una lógica razonable.
Sultana conocía como entrar en la fortaleza. Pasillos complicados en su diseño, galerías con pasos angostos y no demasiada luz, subterráneos con ese olor penetrante de la humedad que producen las gotas que lloran los cimientos de la fortaleza, eran el camino que los separaba. Todo ello formaba parte del complejo entramado de seguridad del Sultán que le permitía escapar, de manera rápida y segura, en caso de asedio y asalto a la fortaleza, de sus enemigos. Esa red era conocida por el padre y el abuelo de Sultana y, gracias a las historias que le confiaron, por ella misma. Varias de esos túneles y pasajes tenían su salida en puntos estratégicamente camuflados en las inmediaciones del pueblo e, incluso, en su interior, lo que permitía al Sultán, una vez fuera, pasar desapercibido y lograr escapar al cerco. Una de estas salidas, por razones obvias debido a su prestigio en la corte, tenía su final en la casa de su abuelo, en una parte disimulada de su pequeño jardín. Sultana la usaba con toda la discreción del mundo y, por supuesto, sin el permiso de su abuelo que nunca estaba por las inmediaciones cuando ella se adentraba en el túnel.
Cierto era que, en aquellos tiempos, ya aquel entramado de seguridad no era considerado tan importante y crítico como antaño y, por ello, la vigilancia sobre él era más bien esporádica y las rondas que lo recorrían, sin llegar a salir al exterior, eran aleatorias y muy de vez en cuando.
Ya en el jardín de su abuelo se aseguró de que ni él ni nadie andaba por allí cerca. Abrió una pequeña portezuela de madera muy bien disimulada entre la vegetación, más o menos cuidada, del irregular jardín. El acceso era más pequeño que la entrada de la típica caseta de perro de mediana estatura. Ya estaba dentro. Casi en la oscuridad total se puso las prendas árabes que le permitirían, eso esperaba, pasar desapercibida cuando tuviese que recorrer la parte más peligrosa en el trayecto a los pasadizos que la auparían a la torre: debía atravesar algún que otro jardín y más de un pasaje entre taraceas y bajo preciosos mocárabes, expuesta a las miradas de cualquiera de los habitantes de la alcazaba o, y era lo que más le preocupaba, cruzarse con algún miembro de la guardia de la corte. Estos eran muy conocidos por su rudeza y trato desabrido.
Cogió la pequeña lata de yesca en el hueco horadado al efecto en la pared y encendió la pequeña antorcha que se encontraba en la entrada. Cerró la puerta tras de sí. Tenía frío. Había mucha humedad. Comenzó a andar y sus pisadas en el suelo arcilloso resbaladizo no la dejaban concentrar su sentido del oído en tratar de anticiparle la llegada de una posible ronda. Se paró de repente…Su corazón latía como el bafle a pleno rendimiento de aquellas discotecas de locos a las que íbamos en nuestros tiempos mozos para no poder hablar con nadie mientras tomábamos una copa. Ya se le habría salido por el esófago si éste se comunicase con el vital órgano musculoso. Falsa alarma. Continuó con precaución pero sin dilación.
Estaba nerviosa. Quedaba poco tiempo para las campanadas que anunciaban el cambio del riego. Se había decidido a dar el paso aunque algo le decía que le podría costar cara la aventura.
El acceso a palacio estaba en el interior de una antigua mazmorra que, por la dejadez y por el tiempo que llevaba sin usarse, estaba a merced del tiempo, la humedad y los roedores. Su puerta metálica con barrotes estaba desvencijada y a duras penas sujeta a la pared. Ya se encontraba en la celda. Apagó la antorcha y la dejó colgada en la pequeña cesta que se encontraba al efecto en la pared. Ya con las manos libres se abrazó queriéndose dar calor y ánimo. Allí hacía frío también. Se frenó en seco. Unas voces no demasiado lejanas le indicaban que ya estaba en palacio y cerca del acceso al primer jardín.


Llegó a una pequeña puerta, tras subir unas escaleras excavadas en el muro. Esa que, por una parte, era una puerta y, por la otra, la que daba al jardín, parte del muro con ricos adornos árabes en su yesería combinados con los siempre frescos y elegantes arabescos. Pegó su oreja a la puerta, antes de accionar la manecilla que la liberaba, para intentar detectar si había movimiento en el jardín. No se oía nada. La giró lentamente y no pudo evitar un inconfundible chirrido de unos goznes que no eran engrasados desde hace décadas. Se juró que la próxima vez lo haría ella misma, aunque no estaba segura de que tal circunstancia ocurriese. El muro se abrió. Miró a uno y otro lado, deprisa, nerviosa y cerró a sus espaldas lo que desde allí era muro.
Atravesó el jardín de los pensamientos. Quizá el más bello de todos. Iba rápido y apartando un poco la shayla miraba de reojo aquella belleza. No se dio cuenta pero sus pasos se fueron deteniendo, como cuando nos quedamos sin gasolina en la carretera y estamos iniciando una pendiente. Tuvo la tentación de quedarse allí sentada. El tiempo se paró para ella.


Perdió la noción del rato que llevaba mirando el reflejo de los muros, tejados, paredes y vegetación en la quietud del agua que llenaba la cuadrangular alberca. El espíritu de sus diseñadores, antiguos arquitectos con una sensibilidad y un arte inigualable y propio de una cultura centenaria, la tenía abrazada. Su quietud la compartía con aquel remanso de paz que invitaba a la reflexión y al descanso, sobre todo mental. Parecía formar parte del entorno: las fuentes, dejando brotar el agua en forma de chorrillos de una delgadez extrema, como pidiendo permiso para salir; la superficie del agua, cómoda con su reflejo del entorno en su seno, sin verse alterada por el caudal que, en silencio, llegaba; y, ella, allí quieta, invitada casual a tan sublime espectáculo. El tiempo se detuvo y dio lugar al disfrute de los sentidos…
— Hola, muchacha —dijo una voz autoritaria a sus espaldas.
— ¿A dónde te diriges? ¿Qué haces sola por aquí? — el guardia se acercó demasiado a ella.
Se trataba de unos de los soldados que iban camino de efectuar el relevo que debía tener lugar al sonar las campanas para el cambio de riego.
Se acabó, hasta aquí he llegado. Pensó, Sultana, mientras se tapaba la cara con su shayla. Eso le permitió ocultar, a la mirada del soldado, las gotas de sudor que le caían por las sienes. Se quedó petrificada, sin respuesta. En otras circunstancias, allí abajo, en su pueblo, en cualquiera de sus calles que empezaba a añorar, arrepintiéndose de haber llegado hasta allí, sin los ropajes bajo los que se escudaba, su interlocutor habría percibido que estaba pálida como la leche. Se encontraba en un lugar que le estaba vetado a los de su religión.
El soldado, profesional, se le acercó y con la mano en su hombro le preguntó de nuevo sobre el motivo de encontrarla allí sola encaminándose a no se sabía dónde.
— Yo…—empezó a decir, Sultana, sin tener decidido el final de la frase. Notaba, cada vez más, la presión de los dedos del guardia en su frágil hombro de una cristiana dedicada a la enseñanza de sus niños…imágenes de ellos volaban por su mente…”quizá no los volvería a ver”, fue otro de los pensamientos que, en ese momento, atropelladamente se le amontonaban y le impedían encontrar una respuesta creíble a la pregunta simple… y…el tiempo para darla… se le estaba acabando.

CONTINUARÁ…….