lunes, 8 de octubre de 2018

SULTANA (capítulo cuarto)






Hola, amigos, buena noches. Ya estamos llegando juntos al final de este relato por capítulos. Relato de amor según algunos de vosotros, por lo que me transmitís en los mensajes. Pero, ¿estáis seguros que es de amor? Igual al final de este capítulo no pensáis lo mismo. Intento mantener la expectación para que ninguno sea capaz de apostar por un final seguro. Espero que no haya nadie que sepa a ciencia cierta lo que va a suceder. ¿Os atrevéis a darme un final? Lo que si os aseguro es que en el capítulo quinto, en el último, hay una sorpresa.
Me gusta recorrer este camino, a través de un relato, junto a vosotros. Es como cuando vas en un tren con un compañero de viaje que has conocido, precisamente aquí, en el tren, porque habéis decidido dirigiros al mismo sitio buscando cosas parecidas. Juntos descubrimos el camino. Con vosotros encuentro una senda por la que me aventuro a contaros cosas. Seguramente, si no estuvierais tras esta pantalla, no sería capaz de ensayar nuevos entornos. Me contentaría con limitarme al tema infantil y ya está. No porque sea de poco empaque, que no lo es de ninguna forma; sino porque no me atrevería con otros formatos y otras temáticas. Con vosotros me atrevo a experimentar y me someto a vuestro juicio. Con vosotros mejoro en todos los sentidos. Mejoro mi forma de contar historias. Estoy seguro que ello hace mejorar mi forma de contarlas para los más pequeños.
La literatura infantil requiere de unas herramientas y unos mecanismos especiales. Me imagino que cada tipo de literatura tiene los suyos. En mi caso encuentro que, el de vez en cuando adentrarme en otros mundos en los que hay que ejercitar la imaginación, me ayuda a escribir para niños. Ellos son todo imaginación y fantasía. Ellos requieren historias más simples en la concepción, pero, por el contrario, más complicadas de contar. Llegar al corazón de un niño considero que no es fácil. Yo encuentro en mi camino junto a vosotros la manera de entrenarme para llegar a los pequeños.
Por cierto, ya os avanzo que estoy terminando un nuevo cuento sobre música. Quizá pueda ser un complemento a mi primer álbum ilustrado: “La nota que faltaba”. Pero eso es otra historia.
Ahora os dejo con Sultana. Espero que os guste. Ya me diréis, amigos.
Un cariñoso abrazo y no dejéis de soñar y de ser felices.
José Ramón.



Al terminar la clase de la tarde, salió rápidamente de la madrasa. Llegaba tarde. Dejó la clase apresuradamente, casi sin mirar a sus alumnos y más preocupada de abrigarse y no dejar caer sus libros y su bolsa ancha de un cuero ya raído por los años y, sobre todo, por el uso, que de despedirse de ellos. Entro en casa tan rápido como salió de la escuela. Cogió al vuelo una shayla de color neutro y una chilaba gris oscura. Ninguno de los dos colores llamarían la atención…no quería pensar en lo que le pasaría si la descubriesen. Así, pasaría desapercibida. Eso esperaba. El riesgo era algo secundario y se daría por bien corrido si consiguiese verlo y él la aceptase.
Se conocían de lejos y de lejos se miraban cuando él, fuera de los muros, le gustaba pasear sin rumbo por entre las calles del pueblo que le atrapaba desde allí arriba. No salía demasiado porque tampoco estaba demasiado bien visto. Ese trasiego de personas de dentro afuera y, menos frecuentemente, de fuera adentro, no gustaba demasiado, por temas de seguridad principalmente, al entorno del Sultán. Kamil, quizá por su posición privilegiada en la corte, tenía cierta bula y se podía permitir alejarse por unas horas de su entorno cerrado que le causaba, a veces, cierta sensación claustrofóbica.
Ambos, Kamil y ella, eran de edades parecidas. Sus padres y abuelos se conocían de cuando compartían su vida entre los muros de la alcazaba. Ellos dos no, pero sí se reconocían como algo cercano, no exento de curiosidad y cargado de una atracción para la que no encontraba una lógica razonable.
Sultana conocía como entrar en la fortaleza. Pasillos complicados en su diseño, galerías con pasos angostos y no demasiada luz, subterráneos con ese olor penetrante de la humedad que producen las gotas que lloran los cimientos de la fortaleza, eran el camino que los separaba. Todo ello formaba parte del complejo entramado de seguridad del Sultán que le permitía escapar, de manera rápida y segura, en caso de asedio y asalto a la fortaleza, de sus enemigos. Esa red era conocida por el padre y el abuelo de Sultana y, gracias a las historias que le confiaron, por ella misma. Varias de esos túneles y pasajes tenían su salida en puntos estratégicamente camuflados en las inmediaciones del pueblo e, incluso, en su interior, lo que permitía al Sultán, una vez fuera, pasar desapercibido y lograr escapar al cerco. Una de estas salidas, por razones obvias debido a su prestigio en la corte, tenía su final en la casa de su abuelo, en una parte disimulada de su pequeño jardín. Sultana la usaba con toda la discreción del mundo y, por supuesto, sin el permiso de su abuelo que nunca estaba por las inmediaciones cuando ella se adentraba en el túnel.
Cierto era que, en aquellos tiempos, ya aquel entramado de seguridad no era considerado tan importante y crítico como antaño y, por ello, la vigilancia sobre él era más bien esporádica y las rondas que lo recorrían, sin llegar a salir al exterior, eran aleatorias y muy de vez en cuando.
Ya en el jardín de su abuelo se aseguró de que ni él ni nadie andaba por allí cerca. Abrió una pequeña portezuela de madera muy bien disimulada entre la vegetación, más o menos cuidada, del irregular jardín. El acceso era más pequeño que la entrada de la típica caseta de perro de mediana estatura. Ya estaba dentro. Casi en la oscuridad total se puso las prendas árabes que le permitirían, eso esperaba, pasar desapercibida cuando tuviese que recorrer la parte más peligrosa en el trayecto a los pasadizos que la auparían a la torre: debía atravesar algún que otro jardín y más de un pasaje entre taraceas y bajo preciosos mocárabes, expuesta a las miradas de cualquiera de los habitantes de la alcazaba o, y era lo que más le preocupaba, cruzarse con algún miembro de la guardia de la corte. Estos eran muy conocidos por su rudeza y trato desabrido.
Cogió la pequeña lata de yesca en el hueco horadado al efecto en la pared y encendió la pequeña antorcha que se encontraba en la entrada. Cerró la puerta tras de sí. Tenía frío. Había mucha humedad. Comenzó a andar y sus pisadas en el suelo arcilloso resbaladizo no la dejaban concentrar su sentido del oído en tratar de anticiparle la llegada de una posible ronda. Se paró de repente…Su corazón latía como el bafle a pleno rendimiento de aquellas discotecas de locos a las que íbamos en nuestros tiempos mozos para no poder hablar con nadie mientras tomábamos una copa. Ya se le habría salido por el esófago si éste se comunicase con el vital órgano musculoso. Falsa alarma. Continuó con precaución pero sin dilación.
Estaba nerviosa. Quedaba poco tiempo para las campanadas que anunciaban el cambio del riego. Se había decidido a dar el paso aunque algo le decía que le podría costar cara la aventura.
El acceso a palacio estaba en el interior de una antigua mazmorra que, por la dejadez y por el tiempo que llevaba sin usarse, estaba a merced del tiempo, la humedad y los roedores. Su puerta metálica con barrotes estaba desvencijada y a duras penas sujeta a la pared. Ya se encontraba en la celda. Apagó la antorcha y la dejó colgada en la pequeña cesta que se encontraba al efecto en la pared. Ya con las manos libres se abrazó queriéndose dar calor y ánimo. Allí hacía frío también. Se frenó en seco. Unas voces no demasiado lejanas le indicaban que ya estaba en palacio y cerca del acceso al primer jardín.


Llegó a una pequeña puerta, tras subir unas escaleras excavadas en el muro. Esa que, por una parte, era una puerta y, por la otra, la que daba al jardín, parte del muro con ricos adornos árabes en su yesería combinados con los siempre frescos y elegantes arabescos. Pegó su oreja a la puerta, antes de accionar la manecilla que la liberaba, para intentar detectar si había movimiento en el jardín. No se oía nada. La giró lentamente y no pudo evitar un inconfundible chirrido de unos goznes que no eran engrasados desde hace décadas. Se juró que la próxima vez lo haría ella misma, aunque no estaba segura de que tal circunstancia ocurriese. El muro se abrió. Miró a uno y otro lado, deprisa, nerviosa y cerró a sus espaldas lo que desde allí era muro.
Atravesó el jardín de los pensamientos. Quizá el más bello de todos. Iba rápido y apartando un poco la shayla miraba de reojo aquella belleza. No se dio cuenta pero sus pasos se fueron deteniendo, como cuando nos quedamos sin gasolina en la carretera y estamos iniciando una pendiente. Tuvo la tentación de quedarse allí sentada. El tiempo se paró para ella.


Perdió la noción del rato que llevaba mirando el reflejo de los muros, tejados, paredes y vegetación en la quietud del agua que llenaba la cuadrangular alberca. El espíritu de sus diseñadores, antiguos arquitectos con una sensibilidad y un arte inigualable y propio de una cultura centenaria, la tenía abrazada. Su quietud la compartía con aquel remanso de paz que invitaba a la reflexión y al descanso, sobre todo mental. Parecía formar parte del entorno: las fuentes, dejando brotar el agua en forma de chorrillos de una delgadez extrema, como pidiendo permiso para salir; la superficie del agua, cómoda con su reflejo del entorno en su seno, sin verse alterada por el caudal que, en silencio, llegaba; y, ella, allí quieta, invitada casual a tan sublime espectáculo. El tiempo se detuvo y dio lugar al disfrute de los sentidos…
Hola, muchacha —dijo una voz autoritaria a sus espaldas.
— ¿A dónde te diriges? ¿Qué haces sola por aquí? — el guardia se acercó demasiado a ella.
Se trataba de unos de los soldados que iban camino de efectuar el relevo que debía tener lugar al sonar las campanas para el cambio de riego.
Se acabó, hasta aquí he llegado. Pensó, Sultana, mientras se tapaba la cara con su shayla. Eso le permitió ocultar, a la mirada del soldado, las gotas de sudor que le caían por las sienes. Se quedó petrificada, sin respuesta. En otras circunstancias, allí abajo, en su pueblo, en cualquiera de sus calles que empezaba a añorar, arrepintiéndose de haber llegado hasta allí, sin los ropajes bajo los que se escudaba, su interlocutor habría percibido que estaba pálida como la leche. Se encontraba en un lugar que le estaba vetado a los de su religión.
El soldado, profesional, se le acercó y con la mano en su hombro le preguntó de nuevo sobre el motivo de encontrarla allí sola encaminándose a no se sabía dónde.
Yo…—empezó a decir, Sultana, sin tener decidido el final de la frase. Notaba, cada vez más, la presión de los dedos del guardia en su frágil hombro de una cristiana dedicada a la enseñanza de sus niños…imágenes de ellos volaban por su mente…”quizá no los volvería a ver”, fue otro de los pensamientos que, en ese momento, atropelladamente se le amontonaban y le impedían encontrar una respuesta creíble a la pregunta simple… y…el tiempo para darla… se le estaba acabando.

CONTINUARÁ…….



4 comentarios:

MERCEDES MORENO dijo...

Muy bueno el capítulo tiene mucha intriga. Me ha creado mucho interés.

José Ramón de Cea dijo...

Me alegro, Mercedes. Ese era el objetivo. ¿Te apuntas a un final? Gracias por tu comentario. Un abrazo cariñoso.

Marisol dijo...

Se ha hecho de esperar pero, ha valido la pena.
Me ha gustado mucho como lo describes todos, es como si estuviera allí viendo. Espero impaciente el final pues me has dejado muy intrigada.
Un abrazo 🤗

José Ramón de Cea dijo...

Vaya, Mari Sol, gracias por tu comentario. Pretendo justo lo que me dices que hago: intento llevarte a ti y al resto de lectores al escenario que os presento para que lo viváis como yo lo veo y lo vivo. Si lo consigo es mi mayor recompensa y si encima os gusta pues feliz. Espero que el final, el quinto, no te defraude. Un cariñoso abrazo. José Ramón.