lunes, 26 de agosto de 2019

RABO DE RATÓN



Siempre en época de vacaciones me viene a la cabeza una época de mi juventud, en mi último curso de bachiller, en la que pasé una época en silencio. En ese silencio que da la tranquilidad de espíritu. Ese silencio es distinto a cualquier otro que podáis imaginar. Un silencio que te envuelve y te dice que sigas tranquilo, que no pasa nada, que el silencio es solo silencio y te ayuda a oírte. Ese silencio de algunos ratos, en los que debía respetarlo, me ha acompañado toda la vida y me viene  a la mente muy a menudo. En aquellos días de retiro teníamos horas de charlas y de debatir con los compañeros. También había momentos para la oración, siempre en un entorno que invitaba a ello. Una iglesia espectacularmente austera y exageradamente acogedora. Bancos de madera, increíblemente limpios y solo de madera. Media luz en toda la estancia. Ruidos sin querer de zapatos que llegaban y otros que se retiraban. Crujir de los reclinatorios, también de madera, con los recién llegados. Sí, y el olor a incienso ya casi desapareciendo tras la celebración anterior, contribuía al silencio.

Ciertamente fueron unos ejercicios espirituales que me dejaron huella y que consiguieron que no haya dejado de tener presente que alguna vez volveré a aquel lugar para pasar unos días conmigo mismo, en silencio. Fueron en un monasterio envuelto en la austeridad que caracteriza a la orden que lo habita y mantiene para su vida contemplativa y para permitir que gente de la calle comparta, al menos una vez en la vida, esa manera de entenderla.

Hace unos años tuve la oportunidad de visitar de nuevo aquella isla en este mundo de injusticias y egoísmos. No me lo podía creer. Pude oír de nuevo el canto espiritual de aquellos monjes que se me antojaban ser los mismos que me acogieron con mis diecisiete años. No lo eran, evidentemente, pero eso no restó ni un ápice a mis recuerdos que llegaron atropelladamente. Los árboles del claustro ya habían crecido demasiado, aunque uno se mantenía firme señalando al más allá; hacia donde más de una vez mi mirada en aquellos años de ilusiones se había dirigido. Seguía allí y me estremecí. Me hubiese quedado, al menos unas horas, en aquella tarde de verano.
Mientras escuchaba aquellas voces que me resultaban tan conocidas fue como surgió la historia que hoy os quiero traer y que no aparece por este espacio desde el 2015.
Y diréis, qué tiene que ver una historia para pequeños con esta llena de espiritualidad que os cuento. Pues la verdad es que no lo sé, pero me vino a la mente en una época de gran producción literaria, en la que escribí la mitad de mis cuentos. Aquel verano, en el que pude volver a ese entorno de paz, dí vida a Queso cremoso. Posteriormente escribí Rabo de ratón, que se localiza en el mismo escenario del cuento anterior, un monasterio de monjes, con los mismos personajes: un montón de monjes y dos ratones de color común, sí, el que tienen los ratones comunes…sí, eso, gris ratón.
Rabo de ratón, como os digo, fue escrito en segundo lugar aunque la historia se localiza en un tiempo anterior a lo que se cuenta en Queso cremoso.
Hoy os traigo esta primera entrega de las peripecias de Alf y de Gos, dos ratones poco comunes. Y lo quiero hacer para, además de divertiros, compartiros, entre líneas, lo que yo viví en aquel año inolvidable de mi juventud.
Los dos cuentos los tengo comprometidos con una gran ilustradora que, por sus múltiples compromisos, no encuentra el momento de darles vida. Están parados desde hace unos años esperando a sus pinceles que maneja de manera precisa y espectacular…ya os la presentaré cuando llegue el momento. Pilar, no veo el momento de que puedan estar ambos en las librerías. Sé positivamente que cuando te pongas manos a la obra encontraremos, fácilmente, una editorial que se implique en su publicación. Sabemos ambos que las historias lo merecen. Recibe un fuerte abrazo. (Sé que todos vosotros me disculparéis por no revelar su nombre todavía. Gracias, amigos)
Bueno, pues nada más por hoy.
Disfrutad de este final de agosto y encarad el nuevo curso con la capacidad de soñar y de ser felices que siempre os recomiendo. Yo así lo haré aunque, como siempre, me costará un montón volver a la rutina de mi trabajo.
Un gran abrazo lleno de cariño para todos vosotros.
José Ramón.

Entre las montañas plagadas de árboles que se deslizaban protegiendo sus laderas con sus brazos repletos de recias hojas, es donde discurre esta divertida historia sobre las correrías de dos ratones, Alf y Gos, entre los muros fríos de aquel monasterio que descansaba al abrigo del solitario valle. A ambos se les consideraba más listos que inteligentes aunque Gos tenía una inteligencia propia del más inteligente de su especie.
El entorno en el que se desarrolla la historia cobraba toda su vida cuando sus monjes cantaban. Sus bonitas voces ya, desde hace mucho tiempo, formaban parte de aquel espacio que respiraba paz…¿siempre? …pues la verdad es que no se podía decir que precisamente se respirase paz cuando Alf, con su barriga llena de queso el más glotón de los dos—, y Gos salían huyendo, tras una de sus escaramuzas, por los interminables pasillos del monasterio… divertidos a veces, y con el pánico metido en sus cuerpecillos grises, otras.
Esta es una historia de aventuras en la que dos ratones campan a sus anchas por el monasterio, paseándose por los lugares donde trabajan, descansan y rezan los monjes a los que consideran sus amigos y protectores…bueno, no a todos...


Era la hora de la comida; era cuando el Sol del mediodía más calentaba en aquel monasterio resguardado por las montañas y rodeado de magníficos ejemplares de abetos y de serios, altivos y elegantes cipreses. Los monjes hacían un alto en su callada labor y se disponían a comer.
Sentados en los bancos corridos de madera del austero comedor, con sus cabezas gachas cubiertas por sus amplias capuchas de color marrón oscuro y de tejido áspero y nada amable; estaban los monjes saboreando la sopa del día servida en sus cuencos de barro, mientras escuchaban al hermano de turno que, con voz clara, pausada y transmisora de espiritualidad, leía pasajes de alguno de los muchos libros religiosos que atesoraban.
En silencio, todos ellos, comían y meditaban sobre lo que estaban escuchando.
Gustaban echar migas de pan en la sopa que acompañaban con un buen vino de cosecha propia que, celosamente, mimaban y custodiaban en la antigua bodega del monasterio.
Fray Tomás, un entrañable monje, solía sentarse en la parte más alejada del relator pues le gustaba compartir sus migas de pan con sus dos amigos, Alf y Gos, que pacientemente, casi apoyando sus pequeños hocicos en sus pies, esperaban bajo la mesa  que dejase caer esos deliciosos trozos de pan.
Alf y Gos eran dos ratones de color gris, orejas grandes y bigotes, como la mayoría de los ratones comunes, aunque estos de común, común, no tenían demasiado...Compartían su vida con la de aquellos frailes que se pasaban la mitad de su tiempo rezando por todos los que, fuera de aquellos muros, vivían su trepidante mundo sin reparar casi en como el tiempo pasaba por sus vidas. Alf y Gos no sabían rezar, pero……………………….
Una vez, gracias a los reflejos de Gos, Alf se libró de que su frágil cuello fuese atrapado por el frío e implacable hierro de un cepo que, violentamente, se liberó cuando sus manos empezaban a atenazar tan delicioso manjar, con la intención de llevárselo a la boca. Gos lo cogió del rabo y tiró de él enérgicamente,………………
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Alf, le pedía insistentemente a su amigo que idease algo distinto para no asumir tanto riesgo a la hora de hacerse con el manjar que tan sugerentemente esperaba pinchado sobre la madera de la trampa. Gos, le decía que el mecanismo del cepo era tan sumamente rápido y violento que no encontraba manera de pararlo interponiendo algo en su camino. Que, de momento, debían de continuar con esa estrategia que tan buenos resultados les estaba dando y que seguiría haciéndolo mientras Alf… conservase su rabo……………………………………………..
“Un momento Alf, me parece extraño que haya, justo en los aledaños  de la celda de fray Espina, un trozo de queso abandonado…”, y continuó, “…debemos de tener cuidado, seguro que es otra de sus trampas.”………………………………………
El reguero de queso condujo a nuestros hambrientos roedores a un cuarto que en su día fue un aula. Estaba vacía de muebles y parecía que no se había abierto hacía años, a juzgar por las telarañas que protegían los rincones del techo.
Una vez se encontraron los ratones dentro, en mitad de la antigua estancia, comenzaron a llegar monjes con sus capuchas, como de costumbre, cubriendo sus cabezas. En esta ocasión era para ocultar su identidad.
Portaban una escoba cada uno y, cerrando la puerta tras de si, a la voz de: “¡Qué no escapen!” y “¡Ya son nuestros de una vez por todas!”, se abalanzaron sobre los ratones con la intención de aplastar sus grisáceos y suaves cuerpos, de un escobazo. Éstos, con sus estómagos llenos del queso……………………………..


miércoles, 14 de agosto de 2019

TEJAS, ESPUMA Y SAL




Buenos días mis queridos seguidores. Un amigo me dijo hace unos días que aprovechase las vacaciones para escribir y poderos contar cosas. Es complicado escribir en vacaciones, aunque parezca mentira. Durante este período de descanso la mayoría de nosotros no somos dueños de nuestro tiempo. En vacaciones, al menos yo, y seguro que la inmensa mayoría de vosotros también, no podemos disfrutar de nuestros hobbies enteramente pues estamos dedicados a compartir nuestro tiempo con familiares, sobre todo, y amigos. Nos dedicamos a hacer todo aquello que el resto del año no podemos: viajamos, nos sentamos en terrazas a tomar algo sin mirar el reloj para desesperación de aquellos que, de pie, esperan impacientes a que terminemos y dejemos libre la mesa para sentarse ellos, tenemos largas conversaciones sobre temas sin importancia, a veces, y para solucionar otros muy importantes y para los que durante nuestra rutina del resto del año no encontramos tiempo suficiente para abordarlos. Sí, el verano y las vacaciones para mí no son, precisamente, un tiempo al que pueda dedicarme, como me gustaría, a escribir. A pesar de ello, sí he encontrado estos minutos para contaros algo.

Me encuentro por el norte de España y siempre que vengo por aquí espero con pasión oír el alarido desgarrador que producen las gaviotas. Os parecerá mentira, y creo que alguna vez os lo he contado, pero eso me produce sosiego y calma. Me gusta oírlas porque me hablan de mar, de barcos de pesca, de muelles perdidos, de lanchas madrugadoras, de arrugas en las caras de hombres sacrificados que al salir el Sol regresan con las bodegas cargadas del esfuerzo de una noche de bamboleo entre las olas de la bahía ya sabéis que yo no podría estar con ellos…ni con el barco amarrado al muelle…me mareo solo del olor del gasóleo tipo B…pero me encanta la sensación de estar en ellos y saborear ese olor a pesca ya entregada en la lonja. También me hablan de calma, cuando las veo dejarse mecer por las corrientes de aire que vienen de otros mares. Por ello, hace unos años, ya bastantes, aprovechando una época profesional de mi vida, tuve oportunidad de disfrutar todos los días de la vista de esos animales que, bien es verdad, no gozan de mucha simpatía entre el público en general. Ello me hizo escribir sobre ellas y tratar de ver el lado romántico que para mí tienen. Así nació Tejas, espuma y sal, y hoy os lo quiero traer de nuevo a nuestra página pues hace ya casi tres años que no aparece por aquí. Tras dos cambios de ilustradores que, por motivos profesionales de ellos, no pudieron seguir adelante con el proyecto que les ofrecía, Tejas, espuma y sal, está en la actualidad sin ilustrador. No es que no lo encuentre sino que he tenido aparcada esta historia en beneficio de los 14 proyectos que tengo en la actualidad buscando la editorial adecuada…no todas lo son para mis cuentos…os lo aseguro, pues ya me he recorrido muchas y ya cierta experiencia anda conmigo en la mochila. No me importa demasiado el haberlo tenido parado porque también sé que hay editoriales que buscan únicamente textos. Ellas después, con sus ilustradores, dan forma al álbum ilustrado según sus líneas editoriales. Quizá esta historia tenga vocación de encontrar una editorial por sí sola…ya veremos y os lo contaré.
Bueno, pues nada más. Os dejo en este verano que por aquí es más fresco que por el resto de España y de lo cual me alegro pues es lo que vine buscando…¡vaya, sin quererlo, me salen construcciones del habla de estas tierras!...Pues eso, que os dejo con Tejas, espuma y sal. Espero que a aquellos de vosotros que no conocíais esta historia os guste tanto como a mí. Un abrazo muy cariñoso y seguid disfrutando de este tiempo y de seguir siendo felices.

José Ramón.

Dejándonos mecer por las cálidas corrientes de aire que acariciaban aquel bonito y discreto puerto pesquero, nos adentramos en el mar disfrutando de la blanca, salada y divertida espuma… ¿Nuestros guías? Pues dos  bellas gaviotas patiamarillas: Galvia y Violeta que, a través de esta historia, nos cuentan algo de su forma de vivir y de sus ilusiones…sí ellas también las tienen; y nos enseñan a compartir con ellas espacios que en principio los tenemos reservados a nosotros.
Esta entrañable historia nos habla de respeto y cariño por los animales mientras sentimos el suave roce de la brisa marina. 

Lo bueno que tienen las corrientes de aire, entre otras cosas, es que, aprovechadas convenientemente, ayudan a recorrer grandes distancias con un esfuerzo mínimo.
Eso lo sabían de sobra Violeta y Galvia: una pareja de gaviotas, de pico y patas amarillas, que llevaban ya un par de años volando juntas; unas veces, en alta mar, dejándose mecer por aquellas cálidas corrientes de aire; otras, formando parte de esa escolta que anuncia la llegada de un barco de pesca en su regreso a casa, tras toda la noche faenando, cargado de pescado.
Au-kyee-Kyeedecía Violeta, contenta por todo lo que se avecinaba…
Au-kyee-kau-kau-kau contestaba Galvia, feliz también por las ilusiones que llevaban compartiendo en los últimos días.
Ese sonido que puede parecer de angustia y extremada agonía, en realidad es una parte entrañable de los pueblos bañados por el mar y sin la que no se concibe la vida en ellos. Los quejidos de las gaviotas interpretan los “solos” de la melodía marina, en la que el murmullo suave y rítmico de las olas al romper en la playa, junto a las roncas bocinas de los barcos en sus llegadas y partidas de los puertos, representan el acompañamiento.
Así se estaba comunicando la pareja de gaviotas patiamarillas mientras surcaban los cielos a escasas millas de la costa. Trataban de adivinar, entre la calima que a aquellas horas de la mañana abrazaba el litoral, la llegada de alguno de los barcos pesqueros, con las bodegas llenas de pescado, que regresaban a sus hogares tras una noche de trabajo agotador entre el vaivén de las olas, el sudor de sus frentes y el penetrante olor a gasoil. Así, solucionarían sus problemas de alimentación para el día que estaba aún despertando.
Galvia, debemos decidir dónde vamos a colocar el nido dijo Violeta con cierto aire de preocupación. En pocos días será la puesta de huevos y debemos pensarlo bien para que nuestros polluelos crezcan seguros concluyó, asumiendo ya la responsabilidad de su futura maternidad.………………………………………………………..
Mira esa ola que se está formando. Dijo Violeta mientras se lanzaba sobre ella: le apasionaba mezclarse con la espuma que se iba formando, para a continuación nadar impulsándose con sus patas provistas de unas muy eficientes membranas que unían sus dedos. Estaban felices pensando que pronto serían padres de tres o cuatro polluelos a los que les enseñarían todo lo que ellas sabían.……………………………………..
Papá, ¿cuándo vas a arreglar la antena de la televisión? Siempre se fastidia cuando estoy viendo la serie que ponen todos los martes y ya sabes que me gusta mucho le dijo a Armando su hijo, enfadado porque su padre le prometía y prometía…, pero la antena seguía estropeada.
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Ahora la urgencia era terminar, sin dilación, de acondicionar el nido que no estaba todo lo protegido y seguro que se requería, debido al adelanto imprevisto. Por ello, aunque las gaviotas nunca dejan sus huevos sin cuidado tratan de evitar que puedan ser comida de animales depredadores, incluso de otras gaviotas; y los protegen de la acción de las personas que, de vez en cuando, solían subir al tejado para destruir sus nidos y los huevos en su interior, y así evitar el molesto trajinar de estos animales sobre las tejas y, sobre todo, sus incómodos excrementos que todo lo corroen, decidieron salir las dos a la vez: Violeta a procurar comida para ambos, y Galvia
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Ya arriba, Armando se topó con un nido a medio hacer con tres huevos muy grandes y muy bonitos en su interior. Se quedó mirándolos, ensimismado, con ganas de cogerlos, pero…reparó en que eran de gaviota y, mirando asustado en todas direcciones, trató de descubrir dónde se encontraba la pareja a la que pertenecían. Sabía lo agresivas que eran esas aves.
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Ahí va el primero lo lanzó Armando cuando comprobó que su hijo estaba preparado para, con la red que sostenía con ambas manos, amortiguar la caída del óvulo.
Lo lanzó y…cayó en la red. Lo sacó con cuidado, Carlos. Su padre lanzó, entonces, el segundo y…pluf………………………………………………
¡Kyow, kyow! era la señal  de peligro que Violeta lanzó al aire cuando a lo lejos -que lo estaba y mucho-, gracias a su magnífica vista, divisó un humano en las proximidades del nido.
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miércoles, 31 de julio de 2019

La esencia del Microrelato




Buenas noches, queridos amigos, en este 31, mitad de las vacaciones de verano. Sí, hoy me toca a mí empezar a disfrutarlas. Me ha costado llegar a ellas. Este primer semestre ha sido duro y me he sentado en este 31 casi arrastras. Pero ya estoy aquí, divisando unos cuantos días en los que seré dueño de mi tiempo, de mis ocupaciones y de mis espacios muertos. Encaro estos días con ilusiones por hacer muchas cosas y ya veis, lo primero que hago es entrar en nuestro rincón y empezar a contaroslas. Aquí es donde me siento yo, con vosotros, con mis pensamientos y mis silencios frente a la pantalla. Cavilando cómo contaros aquello que aparta a un lado el resto de mis pensamientos y mis preocupaciones, que, por cierto, cuando me vaya metiendo en estos días de descanso irán desapareciendo.
Me apetecía hacer un pequeño parón en el impulso que llevaba con aspectos relacionados con la literatura infantil que, en los últimos meses, no deja de darme alegrías (tenemos otro proyecto en marcha…ya veremos si sale y os lo cuento). Es como si alguien, en el más allá, o en el más acá, se hubiese tomado como misión el hacer que todo me vaya saliendo bien. La verdad es que ya son unos años en los que, aparte de “La nota que faltaba”, todo lo demás ha sido trabajar y trabajar. Sí, seguro que alguna bruja buena me está ayudando y demasiados proyectos se están encarrilando decididamente.
Pero como os digo, hago un pequeño alto y os traigo algo que espero que os guste. Algo preparado para que lo leáis frente al mar, hechizados por el vaivén de las olas buscando la orilla; o en un refugio de montaña, mirando a los picos que parecen difuminarse en la lejanía; o en la piscina, en ese rincón en el que os gusta sentaros a leer o, al menos, a tener unos instantes de tranquilidad mientras los demás chapotean y juegan en el agua; y, por supuesto, busco traeros algo para la noche, para antes de que cerréis los ojos con el sabor de boca de lo que os he regalado. Sí, para esos momentos hoy os escribo.
Os traigo mis seis microrelatos que, como os digo en la columna derecha de vuestras pantallas, forman parte de sendas antologías de Diversidad Literaria. Son palabras cargadas de sentimientos. Son emociones prensadas, condensadas en unas líneas, como los buenos perfumes. Vosotros diréis si son tan buenas como a mí me lo parecen y Diversidad Literaria me lo ha reconocido. Espero que os gusten porque así os habré llegado al corazón que es, en estos momentos, donde deseo estar.
Buenas noches y no dejéis de soñar y de ser felices, sobre todo en este tiempo de descanso.
José Ramón.


Té verde
Bajo una bóveda estrellada, la familia nómada disfrutaba de un momento de paz y tranquilidad; y contaba aquellas historias que en tiempos lo hicieran sus padres y abuelos; y hechizados por el brillo acogedor de las llamas se dejaban invadir por el cálido aroma de un vaso de té verde que sabían preparar.

La Perdí.
Quizá no supe decirle, en su momento, todo lo que precisé decirle. Ahora ya es tarde: ella no está y yo ya no estoy para esto. Quizás tuve que decírselo cuando por primera vez me embriagó su perfume en ese “hola” cercano, muy cercano. Ahora ya es tarde: su perfume está con otro y yo me estoy muriendo…de pena.

Mi libro
Mi libro es el de toda una vida sin escribirlo. Quizá me ponga a ello un rato de estos, un día cualquiera, aunque…para lo que me queda, creo que mejor seguiré acumulando sus páginas en mi memoria.

Los haces del amor
Llevaban tiempo esperando la oportunidad: dos barcos de pesca, el de él y el suyo; una intersección definida por unas millas y unos haces. Ella lo comprendió cuando recibió el mensaje. La luna sobre las olas y la luz calculada del faro en la costa marcaban el punto de reunión. No sabían si el otro acudiría. Se abarloaron a las millas acordadas. Pasaron la noche y el amanecer. 

Con los ojos del alma
Voces más fuertes de lo que a él le gustaría: retumbaban en sus oídos. Se preguntaba el porqué no eran capaces de utilizar un tono más íntimo, aunque lo que hablaban poco tenía de intimidad. Todos comentaban lo que veían o habían visto o, también, lo que deseaban ir a ver. Él solía, con los ojos del alma, ver lo que no era capaz de apreciar con los suyos. Aunque ciego, veía.

Mi atardecer
Nunca supe qué significaba para mí "el atardecer". Nunca supe lo qué se supone representa un atardecer. Siempre quise descubrir, en las horas en las que se confunden las sombras, qué se llevaba el atardecer. Nunca me dio tiempo a entenderlo…Mi atardecer me pillo por sorpresa.



miércoles, 17 de julio de 2019

¡”Pan con miel”: mi segundo proyecto que verá la luz!




Buenas noches amigos. Estoy de enhorabuena y quiero compartirlo con vosotros porque la ilusión que me hace, los que lleváis más horas de paso por el blog, bien la conocéis.
Nunca lo he ocultado y siempre que he tenido oportunidad he compartido con vosotros que mi cuento, Pan con miel, es uno de mis favoritos. Y lo es porque, y ya me lo habréis leído más de una vez, es pura fantasía. Los cuentos deben de estar cargados de fantasía; deben de ser capaces de transportar a los más pequeños fuera de nuestro sacrificado mundo y de nuestro día a día complicado. Los cuentos deben estar cargados de ilusiones, de mundos fantásticos, de lugares especiales y difíciles de encontrar. Cuando entras en un cuento, de estos a los que me refiero, debes de meterte en un lugar al que no puedes acceder si no es abriendo sus primeras páginas. Por eso me gusta tanto Pan con miel y estoy tan orgulloso de haberlo escrito. Sí, ha sido aceptado por la editorial Sar Alejandría Ediciones y probablemente será publicado bajo el sello de Sanguina Ediciones. Este es el sello dedicado a los Cuentos Ilustrados y Pan con miel lo es.
En alguna entrada anterior os comenté el motivo por el que finalicé el acuerdo verbal con la primera ilustradora que trabajó en esta historia. Ciertamente no podía permitir el tener parada esta historia tanto tiempo sin avanzar un ápice (cinco años…que se dice pronto…la ilustradora se enfadó conmigo cuando se lo dije…pero no tenía razón). El tiempo me ha dado la razón pues en cuanto nos hemos puesto manos a la obra ha habido una editorial que se ha interesado por él. Digo “hemos” porque, Mari Carmen Mordom https://www.mcarmen-mordom.com/ https://www.facebook.com/mcmordom/
(todos los derechos reservados), que es la magnífica ilustradora con la que comparto este proyecto, y yo hemos trabajado en equipo para conseguir, hoy, el tener firmado un contrato de edición con la editorial que os he presentado. ¡Estamos felices!
En mi caso, como sabéis de sobra, es el segundo trabajo que verá la luz. Y quiero dar las gracias a Claudine Bernardes, editora y responsable de la sección de infantil de Sar Alejandría, por la confianza que ha puesto en nosotros y personalmente quiero desde aquí y con vosotros, agradecer mucho los elogios hacia mí y mi historia que me ha regalado y que quedarán en mi corazón para siempre y junto a Pan con miel. Muchas gracias, Claudine, y te envío desde aquí un abrazo agradecido.
Pan con miel me permite tener una nueva oportunidad de poderos hacer felices con mis historias. En este caso podréis leerlo de principio a fin y sentir todo aquello que sentí cuando lo escribí, allá por el año 2010, y que revisé y mejoré sustancialmente el año pasado. Esta historia no va a ser una más de las que han pasado por vuestras manos y las de vuestros pequeños. Os aseguro que será una de esas historias que se leerá y se volverá a releer. Os va a encantar a todos los que tengáis oportunidad de entrar en ella. Eso será a la altura de febrero del año que viene y ya os adelanto que tendré en mi poder unos cuantos ejemplares para que aquellos que deseen adquirirlo lo puedan hacer, con mi dedicatoria original y personalizada en sus páginas. Para eso queda tiempo todavía y ya os iré informando cuando llegue el momento. Por ahora solo quería compartir la noticia con vosotros y traeros un avance de este cuento que rebosa fantasía por los espacios entre letra y letra.
Aquí os dejo con lo que, por ahora, os puedo ofrecer.
Un cariñoso abrazo para todos vosotros y recordad que no debéis de dejar de soñar y de ser felices.
José Ramón.

Pan con Miel es, entre otras cosas, un canto a la responsabilidad, que no entiende de edades ni de situaciones sociales. La responsabilidad, junto a la capacidad de esfuerzo y sacrificio, son los valores que se ponen de manifiesto en este relato que desborda fantasía e ilusión por los cuatro costados.

Sí, dicen que los sueños se cumplen si lo son de verdad y se sueñan con intensidad. Esto debió de pasar por la cabecita de Irma cuando viendo lo desgraciada que era la vida de su familia, quiso poner en práctica lo que escrito en una leyenda, transmitiéndose de generación en generación, llegó hasta ella. Quería ayudarles colocando en el exterior de su ventana unas bolitas de pan con miel…así lo decía la tradición.
Es una historia que irradia sensibilidad, inocencia y, sobre todo, fantasía. En ella se pone de manifiesto el amor que, una pequeña como Irma, siente por su familia a pesar de los problemas y las dificultades para salir adelante.

Cuenta la leyenda que en las montañas mora un hombre de edad desconocida y del que se sabe únicamente que posee una vasija de cristal por cada uno de nosotros. El tamaño de nuestra vasija tiene que ver mucho con el número de personas que llevamos en nuestro corazón. Cuenta también la leyenda que una urraca recogerá al amanecer todas y cada una de las bolitas de pan con miel que hayamos depositado, la noche anterior, en el exterior de las ventanas de casa; con la esperanza…………………………………………………………………
Irma, la protagonista de esta historia, conocía muy bien esta leyenda pero nunca pensó hasta qué punto podría ser cierta.
Ella era la pequeña de una familia con ciertos problemas y con muy pocos recursos, a los que, sin embargo, les sobraba humildad y bondad. Habitaban en una casa en mitad del bosque que se parecía más a una casa de labranza que a una de campo y cuyos antiguos moradores poseían antaño unos terrenos. No era el caso actual de Irma y su familia. Más bien se trataba de una casa ciertamente destartalada.
Su padre, estaba en cama a causa de una extraña enfermedad de la que no conocían cura, sencillamente porque no tenían suficiente dinero para tratarla en un centro médico adecuado.
Su madre, era el verdadero sostén de la familia. Se levantaba de noche, antes de que el sol rompiese por el horizonte, para recorrer a pie por caminos de fango en invierno y de polvo en verano los casi quince kilómetros que les separaban de la ciudad. Allí, limpiaba en casas, atendía enfermos y mendigaba unas monedas para poder mantener con vida, día a día, a su familia. Para ella sólo existía el presente y, como mucho, su objetivo era el mañana. Regresaba a casa cuando el sol ya se había despedido.
Su hermano, al ser mayor que ella, pasaba su tiempo cuidando de su padre y llevando adelante, como podía, sus estudios. Era la esperanza de su familia.
Por su parte, Irma, empezó aquel curso, con el permiso de su madre, a recorrer sola los tres o cuatro kilómetros que separaban su casa de la escuela comarcal. Hasta que creció lo suficiente, solía estudiar en su casa, ayudada por su hermano.
No tenían luz ni agua corriente. Era muy triste ver a la pequeña trabajando tras una vieja carretilla, en busca de madera en los montes cercanos. Peleándose con las piedras del camino que abultaban casi más que ella, y le dificultaban el andar, iba a una fuente cercana de la que, a duras penas, brotaba el agua que necesitaban en casa.
En su camino a la escuela siempre tenía que saltar una cerca y atravesar una finca que pertenecía a un hombre con un carácter que, a Irma, le daba mucho miedo. Por ello, en cuanto ponía sus piececitos al otro lado de la valla corría a todo correr, con sus libros bajo el brazo, hacia el lado opuesto de la hacienda para salir de ella lo antes posible y poder continuar su camino hacia la escuela, sola por el bosque. Ese atajo le permitía ahorrar una media hora. Cuando estaba a mitad de camino, en su “volar” por la finca, siempre oía al hombre del carácter agrio maldecir, desde la ventana de la casa, y amenazar con darle una buena azotaina el día que consiguiese atraparla. “Se te van a quitar las ganas de volver a entrar en mi finca sin permiso”, gritaba desaforado y realmente enojado.
“¡Cualquiera le pide permiso!”, pensaba Irma.
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Un buen día, Irma, recordó la leyenda del hombre de las montañas y se fue rápidamente a la cocina y cogió un poco de pan duro, lo mojó, e hizo unas tres bolitas que no fueron todo lo grandes que hubiese querido ya que sus manos tampoco lo eran. “Bueno, tendré que hacer más para.........”, pensó. “Seguro que si coloco las bolitas de pan con miel en la ventana la urraca las llevará y ………………………………………………
Una vez formadas las bolas las untó en miel con mucho cuidado, como el que hace un pastel para el más exquisito de los paladares. Ya preparadas y antes de que llegase su madre, pues no estaba muy segura que aprobase lo que estaba haciendo, abrió el ventanuco de madera vieja y agrietada de su cuarto y las depositó en el saliente, pegadas a los laterales, para evitar que el viento las tirase. Después se chupó los dedos: los tenía muy pringosos, producto de su esmerado trabajo.
Estaba excitada y le costó conciliar el sueño esa noche. Deseaba que llegase el día siguiente para ver si la urraca se las había llevado a las montañas.
Con los primeros rayos del sol penetrando por su ventana, se despertó y …………………………………..



miércoles, 3 de julio de 2019

III. LA VIDA PREMIA






Buenas noches, amigos. Hoy os traigo la tercera entrega de esta serie en la que agrupo todos mis cuentos para que los que no los conozcan todos puedan disfrutar de lo que aquí puedo traer. En esta ocasión os traigo cuatro cuentos que nos hablan de que la vida siempre nos devuelve cosas buenas si, por nuestra parte, también hemos intentado serlo. La vida al final premia siempre a las buenas personas…¿y al resto? 
Decía alguien muy querido por mí que nadie se va de esta tierra “de rositas”. Es decir, que antes de irnos de aquí pagamos lo que hayamos hecho. La vida es dura, y eso lo sabemos los que ya llevamos unos cuantos años pisando estos caminos. ¡Y gracias a Dios por haberlo podido hacer! La vida no regala nada y esto lo repito en más de una charla que, por mi profesión, debo dar de vez en cuando. La vida no regala nada. Todo cuesta mucho. Todo lo tenemos que trabajar mucho para conseguir nuestros objetivos, ilusiones y anhelos. Con un poco que la suerte se tome un momento para fijarse en nosotros, conseguiremos muchas cosas de las que perseguimos. pero nosotros tenemos que poner mucho de nuestra parte y, sobre todo, nuestro esfuerzo y tesón. Bien es verdad que no siempre lo conseguimos con el grado que habíamos soñado, y también no es menos verdad que, casi siempre, nos quedamos satisfechos del resultado obtenido porque somos conscientes de que todo cuesta mucho. Esto es así y el que diga que exagero es que no lleva suficiente tiempo vagando por estos lares.
A pesar de haber dicho esto, también es verdad que la vida nos vigila por un agujerito, por una esquina, por una grieta de una de las paredes que flanquean esta calle larga —para algunos demasiado corta, por desgracia—, que es ella misma y que debemos recorre. Y, en algún momento, la vida nos ayuda a mejorar y a variar nuestro sentido de marcha unos grados. Pero nos tenemos que dar cuenta que ese tren que nos permite variar nuestro rumbo está pasando…y eso, a veces, no es fácil. La vida a veces nos quiere premiar y no nos dejamos. De esto van las historias que os traigo hoy. Estas cuatro historias nos hablan de unas segundas oportunidades y de verle a la vida una manera distinta de apreciarla y disfrutarla. Espero que os gusten.






El primero de estos cuentos nos permitirá subir a los cielos. Apartarnos de la tierra mundana y meternos en las nueves. Cuando salgamos de ellas ya, las cosas, habrán cambiado. Os traigo de nuevo a este blog  El globo de la vida. La sinopsis nos resume todo lo que os acabo de contar:








El globo de la vida es una historia de fantasía en la que podremos soñar, de la mano de Justino, con viajar al pasado y tener la oportunidad de cambiar algo de lo que sucedió entonces y de lo que no estamos demasiado contentos. El medio de viaje: un globo.
En este relato se ensalza, fundamentalmente, lo importante que es la familia en la vida de una persona y el cariño que debe existir entre sus miembros.



Como en el resto de mis cuentos, he querido trabajar con una gran ilustradora. En este caso, los asiduos del blog, ya la conocéis. Ella, mi compañera en este proyecto —y en otro en el que estamos trabajando y ya os adelanto que tendrá mucha música y que espero pronto presentarlo aquí— se llama Ana Forradellas (reservado todos los derechos), y aquí podéis admirar como da vida a todo lo que le pasa por su mente de maravillosa artista: https://www.anaforradellas.com/. Aprovecho una vez más, Ana, para agradecerte tu compromiso con nuestro proyecto que esperemos pronto encuentre editorial.



El segundo de los cuentos que os traigo hoy es La segunda oportunidad. El título lo dice todo. Este cuento, quizá no como el resto, está dedicado a personas sin edad definida. Quizá no sea un cuento dirigido directamente a los más pequeños pero desde luego sí que lo es dirigido, indirectamente, a ellos. Es un cuento que da la posibilidad a los mayores de hacer ver a sus pequeños lo importante de la honradez y de la constancia en nuestro quehacer diario. Con estos dos ingredientes la vida, a veces, nos premia. La vida, a veces, nos da una segunda oportunidad. Alipio, el protagonista de esta entrañable historia nos habla de ello y de sus esfuerzos para sacar adelante a su familia.
Esta historia no tiene ilustrador y espero pronto encontrarlo. Estoy seguro que alguno de los muchos que se pasan por este blog quiera animarse a compartir trabajo conmigo. De momento, soy yo el que tengo esta responsabilidad de encontrar las imágenes que vayan a los personajes de esta historia cargada de sentimientos. Esta es la sinopsis:

¡Venga, inténtalo de nuevo esta vez…!, no es frecuente que nos diga esto la vida.
Las segundas oportunidades no siempre pasan de nuevo ante nuestra mirada…Esto quizá lo supiese Alipio, el protagonista de esta historia; o quizá no…; pero de lo que no cabía duda es de que trabajaba y trabajaba para que la vida reparase de nuevo en él.
La segunda oportunidad es un entrañable relato en el que se resalta la importancia de valores como la amistad, la generosidad, la honestidad y la fe en que la constancia en el esfuerzo diario da siempre sus frutos.

La segunda oportunidad es la constatación de que la vida nunca regala nada que no se haya buscado con denuedo.

La tercera de las historias que os quiero traer hoy, de nuevo, es la típica historia en la que, a través de una fantasía que a veces se nos antoja imposible y que finalmente se hace realidad, la vida de unas personas cambia drásticamente. Esa vida simple y gris que se consume al mismo ritmo que lo hace una vela: lenta e irremediablemente. Esto lo comprobaron, Gervasio y Sara, dos amables abuelos. 


Sí, esta historia, también enfocada a un público de edad no definida nos permite todo lo que comentaba en La segunda oportunidad: poder transmitir a los más pequeños, a través de la lectura de esta historia, un mensaje, en este caso, sobre lo importante que es la generosidad y la solidaridad en las relaciones humanas.
Este cuento está ilustrado por mi compañero Daniel Pineda, colombiano de nacimiento y que reside en España desde hace unos años (todos los derechos reservados). En su página: https://www.facebook.com/danielpinedailustracion/…podéis comprobar lo que os digo. Daniel, gracias por haber querido compartir conmigo este proyecto cargado de generosidad y de fantasía.


Aquí os traigo su sinopsis:

van Popel, es una sentimental historia, con un final inesperado, en la que se cuenta cómo la vida gira y gira dando oportunidades a todos, ya estén vivos o nos hayan dejado hace tiempo…
 Gervasio y Sara, dos entrañables viejecitos, eran así y su vida, que transcurría entre cuadros y el penetrante y embriagador olor del óleo de colores, les dio también su oportunidad.

En van Popel encontramos un mensaje de solidaridad y generosidad en su más alto exponente, que nos lleva a confirmar que los que menos tienen, al final, son los que más comparten.


Y para terminar esta entrada, que nos ha llevado por mis cuentos agrupados bajo el título La vida premia, os quiero traer la vida de “Chano”, mi amigo


Chano es ciego, pero me atrevo a decir que la vida le ha premiado haciéndolo el hombre más feliz que se puede encontrar en su pueblo, en el que las paredes nos ciegan. Él es capaz de apreciar lo que ninguno más de los mortales, con los ojos sanos, es capaz de hacerlo. “Chano”, mi amigo es un canto a la superación personal y, sobre todo, a la riqueza interior. Un cuento dedicado a un público, sin edad parcelada, que atesora en sus páginas, todavía esperando pasar por la ansiada imprenta, una fortuna sobre todo lo que a una persona le hace especial: la bondad y el valorar lo que poseemos en nuestro interior y que siempre pensamos que es peor que lo de los demás. No es así. Cada persona tenemos una joya, en un lugar que está muy próximo a nuestro corazón y que no sé indicaros exactamente dónde se localiza…pero sé que está ahí…os lo aseguro. Está. Tenemos una joya en bruto que con los años, si no la descuidamos, va brillando y se va cargando de valor. Valor que compartimos, generosamente, con los que nos rodean y queremos. Para ello es preciso que la valoremos. Lo que no se valora no se cuida. Chano, estoy seguro de que esto lo sabía y lo ponía en práctica.
Esta historia maravillosa, cargada de belleza y sensibilidad en estado puro ha sido ilustrada por mi compañero, Javier Monsalvett Gandía (todos los derechos reservados), y en el siguiente enlace podéis admirar su arte; os aseguro que os va a encantar: http://monsalvett.blogspot.com.es/
Gracias, Javier, por el privilegio que supone para mí el unir mis letras a tus imágenes. Ya sé que no entendemos, ninguno de los dos, cómo este proyecto no ha salido ya a la luz…quizás esté esperando su editorial. Recibe un fuerte abrazo.


Bueno, pues ya para terminar, amigos, aquí tenéis la sinopsis de “Chano”, mi amigo:

Esta corta historia nos acerca un poco a la vida de las personas invidentes y por extensión a todos los que tienen algún tipo de limitación. “Chano”, mi amigo es una tierna historia con una moraleja final: “no siempre lo de los demás es mejor que lo nuestro” Malgastamos la mitad de nuestras vidas anhelando lo que tienen otros sin valorar lo nuestro y lo que llena nuestro mundo. Esta historia se desarrolla en un bellísimo pueblo del sur de España y trata sobre la vista de un ciego; sobre todo aquello que imaginamos puede llegar a ver un invidente…con los ojos del alma. Recorreremos, guiados por el bastón de Chano, los lugares más bellos de su entorno que bien conoce. Se trata de una historia llena de anhelos, de riqueza interior, de superación personal y, por ello, de una historia que nos puede ayudar en nuestra vida personal…a mí, por lo menos, lo ha hecho.



Buenas noches, a todos los que habéis querido pasar un rato en mi compañía. Seguid soñando con todas vuestras fuerzas y no dejéis de ser felices.
José Ramón.