miércoles, 17 de octubre de 2018

SULTANA (capítulo quinto y último)




Buenas noches amigos. Sultana, llega a su fin y os tengo que confesar que me da un poco de morriña. La verdad es que me siento cómodo escribiendo este tipo de relatos por capítulos. Sultana ha sido un relato especial para mí. Ha estado envuelto por sensaciones y sentimientos que se han ido entrelazando con las frases que buenamente he podido ir tejiendo. Sensaciones que me han calado dentro. Sensaciones que he ido descubriendo mientras la historia iba avanzando. Sultana se me ha ido revelando. La he ido descubriendo según la historia me llevaba por su pueblo, por los pasadizos de la Alcazaba y por situaciones que no os quiero desvelar. Sultana ha sido un relato que no olvidaré fácilmente. Os dejo con esta última entrega que espera sorprenderos.
Nos vemos en unos minutos…




Sultana seguía paralizada y la mano del guardia se le antojaba como una tenaza que seguía apretando. Ya le quedaban pocos segundos para emitir un grito de dolor y las lagrimas empezaban lubricar excesivamente sus ojos.
Voy camino del serrallo — dijo secamente tras haber tomado aire para evitar que los nervios y el pánico que sentía la traicionasen — la favorita del Sultán nos quiere dar instrucciones a la hora del cambio del riego — añadió.
El guardia se quedó mirando, escudriñando la cara de Sultana escondida tras su shayla. Soltó su mano. Sultana emitió un leve quejido.
El soldado recordó el relevo que debía hacer al mencionar, Sultana, la hora en la que en breve sonarían las campanas. Giró sobre sus pies y, sin despedirse, prosiguió su camino con celeridad. El encuentro con la mujer le había retrasado. La maldijo entre dientes. Era un buen profesional y no quería faltar a sus obligaciones…bueno, buen profesional, lo que se dice buen profesional, no lo demostró…no supo detectar a un intruso en palacio.

Sultana sintió caerse al suelo. Se apoyó en la pared y respiró profundamente. Llego tarde, pensó. Más adelante se encontraba la entrada a un nuevo pasadizo, bajo un arco, en la parte posterior de su jamba izquierda. Miró a ambos lados y se metió bajo el arco. Allí, en la pared, una piececilla de madera, que formaba parte de la taracea, cambiaba su color al atardecer, de un verdoso a un rojo intenso. La presionó y atravesando una portezuela que se le vino encima en su giro, de unos 80 cm. de alto por unos 50 de ancho, se sintió a salvo. Ahora sí corría por los pasadizos que se fue encontrando. Atravesando estancias, públicas y privadas. Los asesores del Sultán discutían en unas y en las otras unos amantes secretos aprovechaban el poco tiempo que debían tener. Ella no tenía tiempo de prestar atención a lo que en ellas se cocía. No estaba jugándose la vida por ello.
Ahora debía salir al exterior de nuevo. Se encontró en un jardín con una fuente en medio, pequeña como todas, con su run-run acogedor, y con cuatro canalillos que de ella partían y se dirigían a sendas albercas, de figuras siempre sugerentes para capturar las miradas de los que allí habitaban, que se centraban en patios, a cual más bello. Cada canal miraba a un punto cardinal. El que debía enfrentar era, por supuesto, el que si se prolongase lo suficiente la guiaría a La Meca.
“Clon-Clon”. Sonó el cambio de riego. Me queda poco tiempo. Llegó a la fuente. Venía del oeste. La bordeó y corría pegada al canalillo del este cuando oyó voces que indicaba que alguien se acercaba. Eran varios hombres que venían riendo y contando historias, probablemente de lo acaecido durante su guardia, dedujo Sultana.
Estuvo a punto de caer al pisar una parte demasiado húmeda en su camino veloz para llegar al arco del final del canalillo del este. Dio un traspiés e incluso introdujo parte de su pie izquierdo en el agua que se desplazaba a la alberca del patio que ya divisaba. Las voces ya entraban en el patio. Sultana dio un salto y se coló bajo el arco y se pegó a su pared izquierda. De espaldas a ella. La pared era de una belleza extraordinaria. En ella se admiraba varias figuras geométricas: triángulos, pentágonos, estrellas y polígonos de mil lados todos ellos producto de una taracea realmente bella. Sultana sabía qué estrella albergaba en su centro la llave para internarse en un nuevo pasadizo. Las voces ya habían llegado al patio de los canalillos procedentes del norte. Ahora sí, Sultana, oía con toda claridad sus conversaciones. Cierto, eran guardias salientes de servicio, como había supuesto. Con su mano, detrás de la espalda acariciaba la pared tratando de identificar la estrella salvadora. Con su dedo índice paseaba a gran velocidad las aristas de los dibujos que adornaban la pared: triángulo…no éste no,…estrella de cinco puntas…no, la buena es la de ocho puntas…no la encuentro…estaba por aquí  —pensaba, a punto de ser presa del pánico. No se podía mover pues si lo hacía los recién llegados podrían llegar a ver aparecer parte de sus ropajes ondear en la entrada del arco del este. Ellos ya llegaban a la fuente central y pronto girarían hacia el patio del este…


¡Por Dios, estaba por aquí!, se dijo ya con los nervios a punto de bloquearla. ¡Ya está!, lo noto: núcleo de la estrella de ocho puntas. ¡Es ésta!, se dijo mientras apretaba el pequeño circulito en el centro de la estrella de su vida, en aquella situación. Ellos bordeando la fuente central. ¡No se abre! De nuevo pulsó…con fuerza. En el momento que ellos ya enfrentaban el canalillo del este y ya el arco y el patio final quedaban a la vista, la pared cedió y, Sultana, fue engullida, quedando tirada de espaldas, en el nuevo pasadizo. La puerta se cerró y en unos segundos, desde dentro, oyó los guardias, ajenos a lo que acababa de pasar en ese punto, seguir con sus risotadas y comentarios, muchos de ellos de carácter obsceno.
Las voces ya se alejaban. Ella seguía tendida en el suelo del pasadizo, tratando de equilibrar los latidos de su corazón. Ahora sí que había estado a punto de ser descubierta. Bien seguro que sí. Necesitaba recuperarse de la tensión a la que había estado sometida. Respiraba con violencia, con la mirada fija en un techo que no lograba ver. Algunas de las piececillas de la taracea exterior dejaban pasar la luz; aspecto que estudiaron a conciencia los artífices de semejante obra. Ello permitía que el nuevo pasadizo estuviese más iluminado que los iniciales de acceso al palacio.
Las empinadas escaleras que llevaban a la Torre de la Alerta estaban ya cerca. Solo tenía que pasar por un estrecho pasadizo que le llevaba al primero de los escalones. Ya en él, Sultana, se preguntó, siempre lo hacía, cómo pudieron escavar esa subida escondida, a caballo de la escalera de uso general. No cabía duda que fue obra de alguno de los muchos grandes ingenieros y sabios que poseía el mundo árabe.
Kamil miraba el corazón de rojo lacre que, de nuevo, apareció esa tarde en el lugar que en días pasados lo hizo. Giró suavemente sobre sí y miró en dirección al muro; al que solía mirar cuando presentía la presencia de alguien. Él desconocía la existencia de la red de pasadizos. Ello estaba reservado al personal de seguridad y sus antepasados no lo eran. De toques de campanas eran los que más sabían, pero la seguridad era otra cosa reservada a aquellos de la máxima confianza del Sultán.
Ella, Sultana, contuvo la respiración. Él la sentía. Estaba allí pero…¿dónde? ¿Por qué sentía ese pálpito tan fuerte? Sus corazones, a sus ritmos, parecían esas peras pequeñas golpeadas por un boxeador entrenándose a tope. Sultana tenía miedo de que él, al otro lado del muro, lo pudiese oír. Ella lo veía. Él la presentía.
Kamil se giró y caminó el corto espacio que le separaba de su atalaya, desde la que siempre se paseaba por el pueblo de Sultana, por sus calles blancas, por el lavadero, simulando saludar y hablar con sus gentes. Allí se apoyó y se dejó llevar.
— Hola. —dijo Sultana a pocos centímetros a su espalda.
Él no contestó inmediatamente. Suspiró y se echó la capucha de su chilaba hacia atrás sin llegarse a dar la vuelta.
Sultana, temblaba.
Kamil, también.
— Sultana, te estaba esperando ¿Por qué has tardado tanto en venir?
Se dio la vuelta y apartándole la shayla de la cara le dijo al oído, “Hola”, y la besó.
Los días y las semanas se sucedieron y, Kamil, logró el permiso del Sultán para ceder su puesto privilegiado en el interior de la alcazaba y bajarse a vivir al pueblo, junto a Sultana. Ambos en la madrasa fueron felices. Kamil, por fin, podía ver de cerca la manera en la que Sultana trataba a sus alumnos. Él fue contratado a cargo del orden y limpieza de aquella escuela envidia de la comarca; no en vano provenía de una comunidad privilegiada, como era la del interior de la alcazaba, junto al Sultán, y eso era un orgullo para la multireligiosa escuela.
“Clon-Clon”, sonaban las campanas anunciando la vida de todos ellos. Sultana y Kamil, siempre que las oían se buscaban y sonreían.



Queridos amigos, la verdad es que no sé si este es el final esperado por vosotros…Como no quiero defraudaros, tengo un segundo final que, a lo mejor, os gusta más. Yo creo que quizá es el que se merece esta historia cargada de fantasía y…amor.


Ella, Sultana, contuvo la respiración. Él la sentía. Estaba allí pero…¿dónde?
Se sentó en el banco frente a la campana y al reloj de sol que parecía parar su tiempo para Kamil. Todo le parecía que tardaba mucho en llegar.
— Hola…—dijo con esa voz en la que preguntas si el otro te estaba esperando.
Tomó asiento a su lado. Kamil se echó unos centímetros a su derecha.
— Hola…—le dijo él en su oído, una vez había pasado su pierna izquierda al otro lado del banco y ella recostaba su espalda en su pecho.
Las caras permanecían pegadas por sus mejillas. ¿Por qué has tardado tanto, Sultana, en venir?, inquirió Kamil, casi susurrando en su oído, sin esperar alguna respuesta. Nada se dijeron más.
El Sol se estaba despidiendo de todos. Especialmente de ellos. Cambiaba su faz brillante por la de rojo pasión que ambos necesitaban en ese momento. Los ojos de Sultana iban camino del color de la miel. Los de Kamil brillaban mucho.
Les envolvió la noche mientras permanecían espalda junto a pecho; mejillas fundidas; oliéndose; sintiendo sus corazones acompasándose muy lentamente hasta llegar a un latido común, sin propietario definido. Un solo corazón, rojo intenso, latía en medio de los dos.
El Sol tímido, por lo que esperaba encontrase, empezó a llamar a la Torre de la Alerta. Poco a poco, sus muros eran sobrepasados por unos rayos que proyectaban, sobre el patio de la torre, una sombra de la figura de granito que la noche cómplice moldeó y entregó al día.
En el banco donde se conocieron, hoy Banco de los enamorados de la alcazaba, unieron, según cuenta la leyenda, sus corazones, Kamil y Sultana, en abrazo infinito. Sus miradas siguen transmitiendo su brillo al ponerse el Sol.
Algunos dicen que, apoyándose en sus cuerpos, se puede sentir un suave y cálido palpitar de un corazón único. Al que lo oye se le permite coger la barrita de lacre rojo, que aún permanece donde Kamil la dejó, y colocar un corazón al pie de la escultura, como señal de que sus corazones siguen latiendo.
No sé si es verdad o sugestión por querer que se siga cumpliendo la leyenda que os he contado pero, mi corazón de lacre rojo, está allí donde Kamil y Sultana se susurraron un último y a la vez eterno hola.




Hasta aquí, Sultana. Espero que os haya gustado.
Yo regreso a la literatura infantil trayéndoos, en la próxima entrada, alguno de mis proyectos.
Solo me queda enviaros un cariñoso abrazo y desearos que nunca dejéis de soñar…y de ser felices.
José Ramón.



lunes, 8 de octubre de 2018

SULTANA (capítulo cuarto)






Hola, amigos, buena noches. Ya estamos llegando juntos al final de este relato por capítulos. Relato de amor según algunos de vosotros, por lo que me transmitís en los mensajes. Pero, ¿estáis seguros que es de amor? Igual al final de este capítulo no pensáis lo mismo. Intento mantener la expectación para que ninguno sea capaz de apostar por un final seguro. Espero que no haya nadie que sepa a ciencia cierta lo que va a suceder. ¿Os atrevéis a darme un final? Lo que si os aseguro es que en el capítulo quinto, en el último, hay una sorpresa.
Me gusta recorrer este camino, a través de un relato, junto a vosotros. Es como cuando vas en un tren con un compañero de viaje que has conocido, precisamente aquí, en el tren, porque habéis decidido dirigiros al mismo sitio buscando cosas parecidas. Juntos descubrimos el camino. Con vosotros encuentro una senda por la que me aventuro a contaros cosas. Seguramente, si no estuvierais tras esta pantalla, no sería capaz de ensayar nuevos entornos. Me contentaría con limitarme al tema infantil y ya está. No porque sea de poco empaque, que no lo es de ninguna forma; sino porque no me atrevería con otros formatos y otras temáticas. Con vosotros me atrevo a experimentar y me someto a vuestro juicio. Con vosotros mejoro en todos los sentidos. Mejoro mi forma de contar historias. Estoy seguro que ello hace mejorar mi forma de contarlas para los más pequeños.
La literatura infantil requiere de unas herramientas y unos mecanismos especiales. Me imagino que cada tipo de literatura tiene los suyos. En mi caso encuentro que, el de vez en cuando adentrarme en otros mundos en los que hay que ejercitar la imaginación, me ayuda a escribir para niños. Ellos son todo imaginación y fantasía. Ellos requieren historias más simples en la concepción, pero, por el contrario, más complicadas de contar. Llegar al corazón de un niño considero que no es fácil. Yo encuentro en mi camino junto a vosotros la manera de entrenarme para llegar a los pequeños.
Por cierto, ya os avanzo que estoy terminando un nuevo cuento sobre música. Quizá pueda ser un complemento a mi primer álbum ilustrado: “La nota que faltaba”. Pero eso es otra historia.
Ahora os dejo con Sultana. Espero que os guste. Ya me diréis, amigos.
Un cariñoso abrazo y no dejéis de soñar y de ser felices.
José Ramón.



Al terminar la clase de la tarde, salió rápidamente de la madrasa. Llegaba tarde. Dejó la clase apresuradamente, casi sin mirar a sus alumnos y más preocupada de abrigarse y no dejar caer sus libros y su bolsa ancha de un cuero ya raído por los años y, sobre todo, por el uso, que de despedirse de ellos. Entro en casa tan rápido como salió de la escuela. Cogió al vuelo una shayla de color neutro y una chilaba gris oscura. Ninguno de los dos colores llamarían la atención…no quería pensar en lo que le pasaría si la descubriesen. Así, pasaría desapercibida. Eso esperaba. El riesgo era algo secundario y se daría por bien corrido si consiguiese verlo y él la aceptase.
Se conocían de lejos y de lejos se miraban cuando él, fuera de los muros, le gustaba pasear sin rumbo por entre las calles del pueblo que le atrapaba desde allí arriba. No salía demasiado porque tampoco estaba demasiado bien visto. Ese trasiego de personas de dentro afuera y, menos frecuentemente, de fuera adentro, no gustaba demasiado, por temas de seguridad principalmente, al entorno del Sultán. Kamil, quizá por su posición privilegiada en la corte, tenía cierta bula y se podía permitir alejarse por unas horas de su entorno cerrado que le causaba, a veces, cierta sensación claustrofóbica.
Ambos, Kamil y ella, eran de edades parecidas. Sus padres y abuelos se conocían de cuando compartían su vida entre los muros de la alcazaba. Ellos dos no, pero sí se reconocían como algo cercano, no exento de curiosidad y cargado de una atracción para la que no encontraba una lógica razonable.
Sultana conocía como entrar en la fortaleza. Pasillos complicados en su diseño, galerías con pasos angostos y no demasiada luz, subterráneos con ese olor penetrante de la humedad que producen las gotas que lloran los cimientos de la fortaleza, eran el camino que los separaba. Todo ello formaba parte del complejo entramado de seguridad del Sultán que le permitía escapar, de manera rápida y segura, en caso de asedio y asalto a la fortaleza, de sus enemigos. Esa red era conocida por el padre y el abuelo de Sultana y, gracias a las historias que le confiaron, por ella misma. Varias de esos túneles y pasajes tenían su salida en puntos estratégicamente camuflados en las inmediaciones del pueblo e, incluso, en su interior, lo que permitía al Sultán, una vez fuera, pasar desapercibido y lograr escapar al cerco. Una de estas salidas, por razones obvias debido a su prestigio en la corte, tenía su final en la casa de su abuelo, en una parte disimulada de su pequeño jardín. Sultana la usaba con toda la discreción del mundo y, por supuesto, sin el permiso de su abuelo que nunca estaba por las inmediaciones cuando ella se adentraba en el túnel.
Cierto era que, en aquellos tiempos, ya aquel entramado de seguridad no era considerado tan importante y crítico como antaño y, por ello, la vigilancia sobre él era más bien esporádica y las rondas que lo recorrían, sin llegar a salir al exterior, eran aleatorias y muy de vez en cuando.
Ya en el jardín de su abuelo se aseguró de que ni él ni nadie andaba por allí cerca. Abrió una pequeña portezuela de madera muy bien disimulada entre la vegetación, más o menos cuidada, del irregular jardín. El acceso era más pequeño que la entrada de la típica caseta de perro de mediana estatura. Ya estaba dentro. Casi en la oscuridad total se puso las prendas árabes que le permitirían, eso esperaba, pasar desapercibida cuando tuviese que recorrer la parte más peligrosa en el trayecto a los pasadizos que la auparían a la torre: debía atravesar algún que otro jardín y más de un pasaje entre taraceas y bajo preciosos mocárabes, expuesta a las miradas de cualquiera de los habitantes de la alcazaba o, y era lo que más le preocupaba, cruzarse con algún miembro de la guardia de la corte. Estos eran muy conocidos por su rudeza y trato desabrido.
Cogió la pequeña lata de yesca en el hueco horadado al efecto en la pared y encendió la pequeña antorcha que se encontraba en la entrada. Cerró la puerta tras de sí. Tenía frío. Había mucha humedad. Comenzó a andar y sus pisadas en el suelo arcilloso resbaladizo no la dejaban concentrar su sentido del oído en tratar de anticiparle la llegada de una posible ronda. Se paró de repente…Su corazón latía como el bafle a pleno rendimiento de aquellas discotecas de locos a las que íbamos en nuestros tiempos mozos para no poder hablar con nadie mientras tomábamos una copa. Ya se le habría salido por el esófago si éste se comunicase con el vital órgano musculoso. Falsa alarma. Continuó con precaución pero sin dilación.
Estaba nerviosa. Quedaba poco tiempo para las campanadas que anunciaban el cambio del riego. Se había decidido a dar el paso aunque algo le decía que le podría costar cara la aventura.
El acceso a palacio estaba en el interior de una antigua mazmorra que, por la dejadez y por el tiempo que llevaba sin usarse, estaba a merced del tiempo, la humedad y los roedores. Su puerta metálica con barrotes estaba desvencijada y a duras penas sujeta a la pared. Ya se encontraba en la celda. Apagó la antorcha y la dejó colgada en la pequeña cesta que se encontraba al efecto en la pared. Ya con las manos libres se abrazó queriéndose dar calor y ánimo. Allí hacía frío también. Se frenó en seco. Unas voces no demasiado lejanas le indicaban que ya estaba en palacio y cerca del acceso al primer jardín.


Llegó a una pequeña puerta, tras subir unas escaleras excavadas en el muro. Esa que, por una parte, era una puerta y, por la otra, la que daba al jardín, parte del muro con ricos adornos árabes en su yesería combinados con los siempre frescos y elegantes arabescos. Pegó su oreja a la puerta, antes de accionar la manecilla que la liberaba, para intentar detectar si había movimiento en el jardín. No se oía nada. La giró lentamente y no pudo evitar un inconfundible chirrido de unos goznes que no eran engrasados desde hace décadas. Se juró que la próxima vez lo haría ella misma, aunque no estaba segura de que tal circunstancia ocurriese. El muro se abrió. Miró a uno y otro lado, deprisa, nerviosa y cerró a sus espaldas lo que desde allí era muro.
Atravesó el jardín de los pensamientos. Quizá el más bello de todos. Iba rápido y apartando un poco la shayla miraba de reojo aquella belleza. No se dio cuenta pero sus pasos se fueron deteniendo, como cuando nos quedamos sin gasolina en la carretera y estamos iniciando una pendiente. Tuvo la tentación de quedarse allí sentada. El tiempo se paró para ella.


Perdió la noción del rato que llevaba mirando el reflejo de los muros, tejados, paredes y vegetación en la quietud del agua que llenaba la cuadrangular alberca. El espíritu de sus diseñadores, antiguos arquitectos con una sensibilidad y un arte inigualable y propio de una cultura centenaria, la tenía abrazada. Su quietud la compartía con aquel remanso de paz que invitaba a la reflexión y al descanso, sobre todo mental. Parecía formar parte del entorno: las fuentes, dejando brotar el agua en forma de chorrillos de una delgadez extrema, como pidiendo permiso para salir; la superficie del agua, cómoda con su reflejo del entorno en su seno, sin verse alterada por el caudal que, en silencio, llegaba; y, ella, allí quieta, invitada casual a tan sublime espectáculo. El tiempo se detuvo y dio lugar al disfrute de los sentidos…
Hola, muchacha —dijo una voz autoritaria a sus espaldas.
— ¿A dónde te diriges? ¿Qué haces sola por aquí? — el guardia se acercó demasiado a ella.
Se trataba de unos de los soldados que iban camino de efectuar el relevo que debía tener lugar al sonar las campanas para el cambio de riego.
Se acabó, hasta aquí he llegado. Pensó, Sultana, mientras se tapaba la cara con su shayla. Eso le permitió ocultar, a la mirada del soldado, las gotas de sudor que le caían por las sienes. Se quedó petrificada, sin respuesta. En otras circunstancias, allí abajo, en su pueblo, en cualquiera de sus calles que empezaba a añorar, arrepintiéndose de haber llegado hasta allí, sin los ropajes bajo los que se escudaba, su interlocutor habría percibido que estaba pálida como la leche. Se encontraba en un lugar que le estaba vetado a los de su religión.
El soldado, profesional, se le acercó y con la mano en su hombro le preguntó de nuevo sobre el motivo de encontrarla allí sola encaminándose a no se sabía dónde.
Yo…—empezó a decir, Sultana, sin tener decidido el final de la frase. Notaba, cada vez más, la presión de los dedos del guardia en su frágil hombro de una cristiana dedicada a la enseñanza de sus niños…imágenes de ellos volaban por su mente…”quizá no los volvería a ver”, fue otro de los pensamientos que, en ese momento, atropelladamente se le amontonaban y le impedían encontrar una respuesta creíble a la pregunta simple… y…el tiempo para darla… se le estaba acabando.

CONTINUARÁ…….



miércoles, 26 de septiembre de 2018

SULTANA (capítulo tercero)






Buenas tardes, amigos. Aquí, antes de lo previsto, os traigo esta tercera entrega de esta historia que parece de amor, según vuestros comentarios en las entradas anteriores. Gracias por ellos. Me gusta escribir para vosotros, pero también me gusta escribiros directamente a cada uno, contestando a vuestras apreciaciones y a vuestras aportaciones que enriquecen mis relatos. Así siento que también lo son vuestros y que los compartís conmigo.
Esta historia va evolucionando lentamente y cada capítulo tiene su finalidad. La de hoy pretende meteros al interior de los personajes. En el capítulo segundo os los presentaba, mientras que en el primero trataba de describir el marco en el que quería desarrollar la historia. ¿Cuántos personajes hay? ¿Falta alguno por describir o hablaros de él?...Bueno, hablaros de todos sí lo he hecho…pero ¿están todos descritos? ¿Los conocéis a todos? ¿Son dos o tres? ¿Alguien apuesta por cuatro?
Esto pretendo con esta manera de contar una historia por entregas: que os metáis en la historia y tratéis de adivinar el camino por el que discurrirá. Os prometo un final novedoso…pero hasta entonces dad forma a la historia en vuestro corazón según os gustaría que terminase. Espero que alguno acierte. Yo creo que alguno que me sé lo hará.
Un abrazo muy cariñoso para todos, sin excepción y, por favor, no dejéis de soñar y de ser felices.
José Ramón.




Nadie sabía el porqué del sobrenombre de Raquel, Sultana, pero muchos lo atribuían a que su abuelo formó parte de la corte del último Sultán y fue hombre de confianza de la Sultana. Su hijo, el padre de Sultana, también residió en el entorno de la corte, pero en el área de la seguridad personal del Sultán: cualquier movimiento que fuese a hacer aquél debía ser antes comprobado y asegurado por el equipo encargado de su seguridad. Él, el padre de Raquel, conocía perfectamente todos los entresijos de la alcazaba, incluso algunos desconocidos por los más antiguos residentes pertenecientes a la dinastía reinante. Los años hicieron que tanto el abuelo como el padre abandonasen la corte buscando un lugar más cómodo y tranquilo para dejarse abrazar por el plácido retiro alejado del frenesí de la vida de intrigas, peligros, tramas, celos y envidias y no sé qué más de lo relacionado con las miserias humanas. Ambos conocían la alcazaba defensiva; aquella que no se veía y discurría entre jardines, estancias, muros, sótanos, falsos techos, etc. Esa alcazaba que se recorría cuando las cosas se ponían feas para el Sultán de turno.
Muchas noches, al abrigo de la luz que desprendía el hogar cuando se retiraba de él la olla con la cena, les gustaba a ambos contar historias palaciegas. Muchas veces, casi todas, Sultana era la que suplicaba tener estos momentos de tertulia y disfrutaba mucho al oírles contar historias de otros tiempos. Se quedaba embobada y no perdía detalle. Preguntaba y preguntaba; deseaba tanto el haber tenido la posibilidad de vivir entre aquellos muros. Su condición de cristiana era un obstáculo insalvable. A veces se ponía tan pesada que su abuelo no tenía más remedio que concederle el conocer algún que otro secreto palaciego para, así, “librarse” de ella y poderse ir a descansar. Todo, Sultana, lo guardaba en su cabeza y lo revivía cuando, por su ventana, veía las imponentes murallas de la alcazaba que se alzaban sobre el pueblo. Algún día entraré, se decía sin querer saber que si era vista en su interior probablemente sería encarcelada en las mazmorras de las que nadie salió nunca para contar qué vida “disfrutaba” en su interior.
— ¡Bueno, niños, hasta mañana y no dejéis de hacer los deberes que mañana los corregiremos todos juntos! —así daba por finalizada la clase de ese día. Pronto sonarían las campanadas anunciando el almuerzo.
Kamil, llevaba ya dos años a cargo de tan noble ocupación heredada de su padre, respetado campanero oficial de palacio que, a su vez, lo heredó de su padre, también. Ambos, padre y abuelo, gozaron de la consideración del resto de la corte que concedió que Kamil pudiese asumir tan importante responsabilidad por la que se regía la vida de la comarca. Pero, él, no se veía tocando la campana hasta que le llegase la jubilación. Sí, su cometido era importante, muy importante, pero…qué le perdonasen pero es que no se veía unos treinta años más, como poco, haciendo esto mismo todos los días. Sí, todos los días pensaba lo mismo. Él sabía que, en cierto modo, se vio obligado a aceptar el cargo. A ver cuándo te haces cargo de los toques tú, que ya tienes edad, le decían unos; ya es hora que tu padre descanse y tomes tú el relevo, le decían otros. ¡Pues ya! Ya estaba él a cargo de los toques…y no veía el momento de salir de allí aunque era consciente de que su misión era importante y quería cumplir como lo hicieron sus antecesores. Lo uno no quitaba lo otro.



En ello estaba mientras, parsimoniosamente, se dirigía hacia la Torre de la Alerta. Tenía hambre y pocas ganas de subir tantos escalones, pero debía cumplir su misión. Quedaban unos minutos todavía para hacer sonar la campana y anunciar el almuerzo.
Ya en la Torre, disfrutaba del paisaje que desde allí se divisaba y que, aunque muy conocido, no dejaba de atraparle. Se solía apoyar sobre los muros de ladrillos. Eran bastante anchos, de unos cincuenta centímetros y ya habían perdido sus almenas defensivas que su trabajo hicieron en tiempos lejanos de guerras y asaltos. Los terremotos frecuentes de la zona se encargaron de ello. La torre tenía un semblante más amable así. A él también le gustaba esa faz exterior. La interior también. La brisa venía más caliente que otras veces. No se oía nada. Algún que otro mirlo se dejaba ver volando más bajo de lo que él estaba. No había nubes y el Sol, por eso, seguro, no quería castigar. Allí, Kamil, dejaba volar su imaginación. La brisa, caliente, pero muy reconfortante tras el esfuerzo de la subida a la torre. Se ve bonito el pueblo desde aquí, siempre pensaba lo mismo.
Una pena que en aquella época no tuviese unas gafas oscuras que le permitiese esquivar la luz refleja del Sol. Las paredes de las casitas del pueblo eran tan blancas que se hacía casi imposible, a esa hora, el fijar demasiado la vista en ellas. Pero a él le gustaba escudriñarlas; averiguar cómo era la vida en cada una de ellas; poder sentarse en el lavadero, que desde allí casi no se distinguía, y oír todo lo que sin orden aparente tenían que contarse las mujeres que se afanaban en dar una soberana paliza a los ropas que llevaban para lavar. Le llamaba mucho la atención la madrasa del pueblo…¡qué ejemplo de convivencia entre culturas y religiones! Me gustaría ver por un agujero cómo se las arregla la guapa Sultana con tanto chiquillo, pensaba ensimismado imaginándola…sí, trabajando…pero sobre todo a ella…
La brisa seguía caliente y la luz reflejada en las paredes de las casas no perdía su intensidad…¡Jo, casi se me pasa la hora! Pegó un respingo parecido al que pegaría si, de repente, descubriese una rata entre sus pies. El pequeño reloj a los pies del muro de la campana ya casi le gritaba ¡toca ya que paso de hora! “Clon, Clon” A tiempo, como siempre…por suerte.
Ahora el ritual de siempre. Parecía más una liturgia que una rutina tediosa: el lacre azul sobre la llama y la presión sobre la tablilla en el lugar adecuado…antes de apretar, con el lacre humeante en la mano, miró súbitamente para atrás, como queriendo pillar por sorpresa a alguien…Alguien le observaba, seguro…pensó. Hacía tiempo, sin embargo, que no había vuelto a ver la señal cordiforme roja…pero la sensación de estar siendo observado no había desaparecido. Seguro que es ella…pensó…¿deseó?
Apretó la barrita azul sobre la tablilla y salió del recinto de la torre. Ya tenía demasiada hambre.

CONTINUARÁ…….

viernes, 21 de septiembre de 2018

SULTANA (capítulo segundo)




Buenas noches, queridos amigos. De nuevo con vosotros en el mundo de todo lo que rodeaba a la alcazaba de esta historia. Inicialmente quería contároslo en cuatro entregas pero casi seguro que os regalaré una quinta. Me siento cómodo con esta historia cargada de simbolismos y de sabores y sensaciones. Creo que así se podría definir lo que os traigo y os traeré en estos próximos días.
Me gusta escribir sobre situaciones en las que se pongan en juego nuestros sentidos, todos a la vez, sin espacios muertos y momentos para la reflexión. La reflexión vendrá cuando lleguéis al “CONTINUARA” del final que, os lo creáis o no, me cuesta escribir. Me gustaría compartirlo con vosotros “del tirón”, como dicen por el sur. Pero la estructura del blog lo haría tedioso y difícil de manejar. Espero no cansaros con la historia. Espero vuestros comentarios.
¡Ah, una cosa que casi se me olvida! El sistema ha dejado de avisarme cuando escribís un comentario y eso me dificulta el contestaros…si no sé que me habéis escrito cómo puedo entrar y contestaros. ¿Qué he hecho? Pues engañar al sistema: he puesto que quiero aprobar todos los comentarios que se hagan y así el sistema no tiene más remedio que enviarme un mensaje diciendo que hay un comentario en espera de moderación. Entro y lo apruebo. Los apruebo todos. Por ello, si escribís y no lo veis publicado inmediatamente, no os preocupéis que me ha llegado y pronto lo veréis publicado y contestado. Espero que eso no os disuada de comentarme lo que queráis. Me encanta poder interactuar con vosotros y no solo a través de lo que escribo en las entradas.
Pues ya es momento de daros paso a la segunda entrega de SULTANA. Espero que la disfrutéis con un café caliente o un té humeante, que es lo que a mí me gusta.
Recordad seguir soñando y siendo felices.
Un cariñoso abrazo.

José Ramón.




Kamil, pasaba de la treintena ampliamente, era alto como ella, de tez morena y pelo corto, negro azabache, y un poco ensortijado, también como su pelo rizado. Quizá es que nunca estaba peinado y eso le daba un atractivo especial. Sí, era un árabe ciertamente atractivo a sus ojos de mujer que sin pestañear lo observaban. El ladrillo repleto de pequeñísimos agujeros pasaba desapercibido para aquél que ignorase su existencia. Desde dentro era como mirar a través de un colador de verduras. Se veía todo muy bien. Su construcción, cuya antigüedad es difícil de precisar, tenía como finalidad la observación a escondidas de las tramas y conjuras y a través de ese habitáculo poder ponerse a salvo del enemigo que pudiese asaltar la torre…pero de eso ya hablaremos más tarde…


Desde allí, ella, no perdía detalle. En silencio, con la respiración agitada, en una posición no demasiado cómoda pues el lugar era como una caja de cerillas para ese saltamontes que, en nuestros años de no pensar nada más que en jugar, cazábamos y lo metíamos dentro, para después soltarlo en medio de la clase de matemáticas, por ejemplo... Pero para ella era suficiente. Era todo lo que necesitaba para lo que deseaba. Le gustaba el tipo de personas que no disimulaban su timidez  —Kamil lo era— y que irradiaban por sus cuatro costados el tesoro que custodiaban en su interior. Sí, le gustaba mucho y allí disfrutaba sin ser vista.
Kamil era muy respetado en la alcazaba pues, no en vano, su trabajo guiaba la vida de los que por allí habitaban. Por ello estaba tan asustado. Allí estaba petrificado frente a aquella marca de lacre de color rojo, junto a la suya azul que certificaba que se cumplieron los tañidos correspondientes al almuerzo. ¡Dios santo! ¿Quién ha podido hacer semejante cosa? Aún tembloroso comenzó a rascar, con su pequeño cuchillo que utilizaba en las comidas, la tabla de madera para arrancar el lacre rojo con aquella forma tan especial. Debía hacerlo antes de que nadie pudiese verlo. Con la manga del suriyab intentaba borrar todo vestigio de lo que allí había unos segundos antes, pero la marca donde estuvo el lacre no terminaba de desaparecer. No puedo borrarla y al final romperé mis ropas, dijo rendido y se sentó frente al reloj solar que, al pie del muro de la campana, indicaba el momento exacto para hacerla sonar. Allí había un pequeño banco de piedra, sin respaldo…nunca se supo si aquello era parte de alguna construcción antigua que quizá sirvió para izar la campana a donde se encontraba entonces colgada. El caso es que se utilizaba para tomar un respiro a todo aquél que le daba por subir los empinados escalones que llevaban a la parte alta de la torre. Así lo utilizaba en aquellos momentos, Kamil, pero por motivos distintos a los físicos. Con la cabeza entre las manos veía pasar por su mente todo lo que le podría pasar si alguien se acercaba por allí y se percataba de la irregularidad cometida.
Ella veía su espalda. Corría por su estómago, más bien por el bajo vientre, esa sensación que nos dice que la persona que tenemos en frente, o que permanece en nuestro recuerdo, es algo muy importante para nosotros. Es una presión únicamente comparable con la de un volcán segundos antes de hacer erupción. Es la presión del cariño, del deseo de estar con la persona querida, del amor incipiente…o de todo junto y revuelto a la vez. Decidió que no era el momento de salir. Tampoco lo fueron los días siguientes en los que Kamil, con más esfuerzo que resultado, seguía borrando aquellas marcas de lacre rojo…con forma de corazón.


— ¡Niños, vamos a clase! Es hora de entrar. Ya basta de jugar por hoy, que tenemos muchas cosas que aprender antes de volver a casa  — dijo, Raquel, en la entrada a la madrasa del pueblo.
Rubia, de media melena y rizos divertidos tras la lluvia, Raquel era la maestra de una madrasa modélica en la comarca. Lo era porque en ella no solo estudiaban árabes sino que compartían horas de juegos y exámenes  —fáciles pues, Raquel, era machacona en sus enseñanzas y eso, al fin, le reportaba muy buenos resultados; bueno a sus alumnos que, por cierto, la adoraban — con cristianos y judíos, comunidades, todas ellas, ampliamente representadas en el pueblo. No así en el interior de la alcazaba en la que solo estaban permitidos los seguidores de Alá. La madrasa era un muy buen ejemplo de que es posible la convivencia en armonía de las tres religiones.
Su abuelo y su padre abrazaban el Islam y su madre era cristiana. Ella también siguió el ejemplo de su progenitora, aunque por el pueblo corría el rumor de que tenía sangre judía. Quizá el origen de semejante invención estaba en el cariño con el que trataba a sus alumnos judíos…y a los cristianos…y a los árabes. Las invenciones y los rumores ya sabemos que en los pueblos surgen al doblar una esquina y desaparecen…nunca. Ella vivía en un pueblo que la quería y ellos, sus pequeños, como los llamaba, sentían pasión por ella.
De sus antepasados heredó la belleza de ese perfil mezcla de culturas que hechizaba al que la conocía. Sus ojos eran de un color difícil de describir: verdes oscuros con reflejos de luz que al llegar la noche dejaban ver el color de la miel.
Su belleza traspasaba la piel y se refugiaba en su corazón cargado de valores adquiridos, seguramente, en el trato diario con las tres culturas. Sabía coger lo mejor de cada persona, de cada situación, de cada experiencia vivida. Pocos la conocían por Raquel, y casi todos por Sultana. Heredado de lo que representaban e hicieron y vivieron sus antepasados cercanos, Sultana estaba orgullosa de su sobrenombre. Sultana la bella, a veces, y no le faltaba razón a quién así la llamaba. Sultana, hechizaba con su mirada dulce pero segura.

CONTINUARÁ...........





jueves, 13 de septiembre de 2018

SULTANA (capítulo primero)






Buenas tardes, amigos. De nuevo os traigo una historia para los que realmente leéis todo lo que escribo en nuestro espacio, para vosotros los mayores. Suelo hacerlo tras las vacaciones de verano y Navidad, como bien sabéis. En vacaciones tengo más tiempo de tranquilidad y de pensar en estos temas relacionados con la escritura que tanto me gustan. Sobre todo de pensar en vosotros que, en realidad, sois mi motor y mi incentivo. Si yo supiese que no os gusta lo que escribo, inmediatamente dejaría de hacerlo, No me gusta escribir para mí, únicamente por el placer de escribir. Me gusta escribir para que alguien lo lea y experimente sensaciones. Cada uno las suyas, porque lo que se lee no siempre provoca las mismas en todos. Muchas veces me dicen: si es tan difícil que una editorial te publique tu trabajo (porque realmente es muy difícil encontrar la editorial que se interese por lo que haces y, sobre todo, en cuyas colecciones de su oferta editorial tenga cabida lo que escribes), por qué no te auto publicas que seguro te irá bien…Y yo les digo que no me interesa publicar por publicar; me interesa que a alguien le guste lo que escribo y se decida a apostar por mí. En este caso es lo mismo: me interesa vuestro interés. Sé que lo tengo porque las entradas en el blog suben exponencialmente. El mes de agosto batimos el record de visitas, llegando a las 1916 (el mes anterior, julio, fueron 1565 y ya el record anterior databa de septiembre del año pasado con 1151); eso es gracias a todos vosotros que os sentís cómodos aquí, tras vuestra pantalla. Por ello sigo escribiendo para vosotros.

Este relato llega un día tarde del que quería. Ayer me fue imposible publicarlo. Ayer, día 12 de septiembre, hubiese sido un buen día para hacerlo…
Dedicado a todos vosotros esta historia de fantasía y embrujo que tiene mucho que ver con por donde estuve este verano y con quienes disfruté unas horas maravillosas. Gracias a ellas y a él.
Espero lo disfrutéis y, si alguno ve que he utilizado no adecuadamente algún término relativo al Islam y sus gentes que, por favor, me lo diga y hago las modificaciones adecuadas en el relato para que sea lo más completo posible y sea “nuestro relato”.
Amigos, no dejéis de soñar y de ser felices nunca. Buenas tardes. José Ramón.  



Las seis de la tarde y el Sol empezaba a despedirse. La sombra del muro con su campana se alargaba sobre el pequeño patio superior de la antigua Torre del Homenaje que en momento de esta historia se usaba para otros fines. Hacia ella se dirigía, Kamil. Llegaba tarde y corría que se las pelaba, de estancia en estancia, cruzando jardines y subiendo y bajando escaleras, algunas…casi todas, demasiado empinadas para su gusto. El Sol había sido muy duro ese día con la alcazaba que daba protección a los que allí vivían, sobre todo, y a los habitantes del pequeño pueblo blanco, muy blanco, que a sus pies se arrimaba. Hacía mucho calor todavía que irradiaba de los maravillosos muros con ricos taraceados y espléndidas filigranas al gusto de los árabes que allí habitaban. Eso lo notaba, Kamil, que portaba suriyah y babuchas que amenazaban ser una trampa mortal en su subir y bajar escalones a semejante velocidad. No podía llegar tarde. Iba chorreando de sudor.
A las seis y cuarto de la tarde debía anunciar el cambio de riego y no le quedaba demasiado tiempo y sí otras muchas escaleras que subir. Si en aquella época hubiesen existido los pulsómetros, el de Kamil mostraría una cifra que asustaría al cardiólogo más permisivo.




Se había quedado dormido al arrullo del agua que fluía por una de las muchas y pequeñas fuentes que, a ras de un bello suelo para evitar el derrame de una sola gota, adornaban jardines, estancias y patios de la fortaleza. El sonido del agua era constante, con algún que otro suave pálpito arrítmico, e invitaba a la meditación y al descanso. La vida allí no se entendería si faltase ese plácido run-run.
Esto le paso a Kamil: después de haber hecho sonar la campana para el almuerzo y hacer lo propio que anunciaba, se dejó envolver por esa atmósfera y descansó más de lo que debía cuando no era el momento. Cierto que la comida había sido ese día más pesada que otras veces pero eso no era escusa para faltar a sus obligaciones.
Llegó justo a tiempo para hacer sonar la ancestral campana. Cuatro tañidos eran los ordenados, ni más ni menos, porque el cuatro es un número con mucho significado en el Islam. Permaneció escuchando la estela del último sonido, mientras aún se mantenía mezclado con la suave brisa que ya empezaba a levantarse. Siempre se quedaba embelesado mirando aquella joya de los tiempos pasados que dieron gloria a sus antepasados. Se encontraba sujeta en un muro que se alzaba prolongando el de la cara norte de la Torre de la Alerta, donde se encontraba.
¡Uff, llegué a tiempo por poco!, pensó exhausto. Una vez extinguido el sonido, se dio la vuelta y apoyó su espalda en el muro. Se remangó el suriyab y se dejó caer resbalando hasta quedar sentado. Todavía no había recuperado el resuello.
Había silencio y su respiración acompañaba el ulular de la brisa. De todas formas miró a su alrededor por si alguien le había visto. No había nadie. ¿Seguro? Los últimos días frecuentemente tenía la sensación de que alguien, allí, le observaba…No conseguía quitarse esa impresión.
Tras unos minutos se levantó y procedió al formulismo, más cerca de una liturgia que de una rutina, de anotar, en la tabla sujeta en el muro, la señal adecuada para certificar que se había cumplido con el aviso de la hora para el cambio riego. Cogió el lacre azul que colgaba junto a la tablilla y lo derritió en la pequeña llama que, en un hueco de la pared, permanecía encendida para este fin. Lo presionó contra la tablilla justo en el espacio reservado.
Siempre era igual. De esa forma se certificaba, ante cualquiera que quisiera comprobar si se estaba cumpliendo con los toques de campana que regulaban la vida de la comarca, que no se estaba omitiendo ninguno. Esa era la única responsabilidad de Kamil.
Pero…¿qué es esto? Dijo en voz alta, alarmado. Y rápidamente se dio la vuelta, como buscando a quién había osado cometer tal irregularidad. No había nadie…pero seguía su sensación de ser observado. Le cayó una gota de sudor frío por la frente. Él era el responsable de colocar el lacre en los lugares adecuados y, junto a la señal que hizo cuando llamó al almuerzo apareció una de lacre rojo. Palideció.
El lacre rojo, cuya barrita colgaba junto a la azul, solo se usaba en situaciones de emergencia, normalmente cuando ocurría alguna desgracia como inundaciones, incendios o, en la antigüedad, la llegada inminente de enemigos. Esto último ya no era nada frecuente. Sin embargo, algo muy frecuente por aquellos lugares eran los movimientos de tierra. En esos casos sí se utilizaba el lacre rojo; era casi la única ocasión. Hoy en día se conoce que aquellas comarcas, en las que está basada esta historia, se encuentran sobre una falla tectónica. Entonces, los movimientos de tierras, se atribuían a castigos divinos y a razones que hoy nos podrían hacer sonreír.
El lacre rojo solo se usaba muy de tarde en tarde y no había razón lógica que justificase, en ese momento, la señal en la tabla que estaba ante sus ojos. Como viniese alguno de sus patriarcas iba a tener serios problemas…Pero es que además la señal tiene forma de… No se lo podía creer y ya las gotas que no se derramaban en las fuentes de la alcazaba corrían todas por su espalda, regando su ya fría columna vertebral. ¿A quién se le habría ocurrido recortar el lacre ya en la tabla y darle esa forma? Ahora el pánico se apoderó de él. Debía raspar la tabla y hacer desaparecer semejante señal antes de que nadie pudiese verla.

CONTINUARÁ……….