domingo, 17 de febrero de 2013

CIRIACO Y EL CARACOL


¡Hola, amigos! Muy buenas tardes. No sabéis el placer que representa para mi el poder enviar mis saludos, a través de esta página, a tantos seguidores fijos que ya tiene este blog en  diversos países distribuidos por nuestra gastada Tierra. Me refiero a: Alemania, Italia, Rusia, Ucrania (de los últimos en incorporarse), Reino Unido, Francia, Estados Unidos, México, Colombia (un abrazo, María...pronto sabréis más de ella. De momento me remito a su comentario realizado en mi última entrada sobre ¡Qué empiece el espectáculo!), Argentina, Guatemala, Chile, India, Malasia y, sobre todo, España (Valencia, Madrid, Barcelona, Sevilla, Almería, Asturias...). A todos los que entráis de manera fija con cada nueva entrada que publico, os quiero decir que, sin vosotros, este blog no sería nada. Muchas gracias por vuestro calor que siento muy cerca (y os reitero que me gustaría también recibid vuestras palabras a través de comentarios en las entradas) y recibid el más cariñoso de mis abrazos.

Bueno, pues hoy os quiero traer una nueva historia que se desarrolla en el ambiente cálido del verano en aquél solar... Es un cuento con el que me divertí mucho cuando lo escribí. Tendríais que haberme visto reír yo solo con las aventuras que cuento en esta historia y de la que hoy os traigo un fragmento. Si Dios quiere, pronto os podré traer alguna de las ilustraciones que le darán vida.
Espero que lo disfrutéis.


Extrañas parejas de amigos se han visto siempre y, entre ellas, quizá una de las más sea la protagonista de esta historia.
Ciriaco, un escarabajo pelotero, se convierte en el Ángel de la Guarda de Lucio: un caracol con una bonita casa de rayas a su espalda.
Esta historia discurre en el solar descuidado de un chalet en venta desde hace unos años. Su nuevo dueño, recién llegado, decide cortar los rastrojos y ramajes que tanto lo afean, por el paso del tiempo.
La amistad es el valor que se realza en este divertido relato, no exento de dramatismo por lo incierto de su final.....



Discurría la tarde, como otras muchas de aquél caluroso verano, sin más sobresaltos que el ruido de los hierbajos al moverse tocados por la brisa casi imposible de disfrutar en esos días. El calor al nivel de la hierba, lugar en el que vivía uno de los protagonistas de esta historia, era intenso, pero soportable. A pesar de la sequedad reinante, la tierra por la que se desplazaba siempre se mantenía cierto grado de humedad. También los arbustos, que a su paso encontraba Lucio, hacían más llevaderos los rigores de la estación. A él, la verdad, le traía sin cuidado si hacía más o menos calor. La casa que llevaba a cuestas le servía para protegerse de él, siempre que lo desease.
Sí lo has adivinado. Lucio era un caracol con una casa adornada por unas rayas que lo hacían muy atractivo y, a la vez, le permitían pasar desapercibido entre los rastrojos del solar en el que vivía, cuando algún peligro acechaba.
Esa tarde, Lucio se desplazaba por el centro del solar, tratando de encontrar alguna tierna hoja de césped o arbusto, como aquellas de las que daba cuenta en épocas lluviosas. Necesitaba apagar su sed y calmar su apetito. Aunque la empresa era difícil, no cejaba en su intento. Sabía que siempre había algo que llevarse a la boca, aunque no fuese todo lo jugoso que deseaba.
–Buenas tardes, Lucio. ¿Cómo estás?  –dijo Ciriaco, mientras hacía un alto en su ajetreado trabajo llevando una pelota de desperdicios, que no siempre olían todo lo bien que sus amigos deseaban, de un lado para otro.  
–Bien, muy bien –contestó Lucio, mientras miraba con cara de desagrado semejante bola, que estaba siendo empujada con maestría por su amigo, el escarabajo pelotero.
Ciriaco, que en poco tiempo era capaz de recorrer el solar, solía informar a Lucio de lo que acontecía aquí y allá
Estuvieron charlando durante un rato.   
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Esta posibilidad les intranquilizó bastante, sobre todo a Lucio, pues en ese caso la zona ya no era tan segura como en la actualidad y debería, más pronto que tarde, ponerse en movimiento y recorrer una gran distancia para salir del solar y, con su casa a cuestas, irse a vivir a las proximidades del río que, a unos doscientos metros discurría con calma, camino del mar.
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se despidió de él porque, según dijo, era urgente que antes de la puesta del Sol llevase su apestosa bola al otro extremo del solar, argumentando unas razones que, el caracol, no alcanzaba a entender. ¿Cómo nadie puede llevar semejante bola a ningún sitio?, pensaba Lucio. Por su parte, Ciriaco, no salía de su asombro de cómo nadie puede estar, permanentemente, cargando con su casa de un sitio a otro.
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Se empezó a asustar e, instintivamente, comenzó su lento desplazamiento en dirección opuesta.
El ruido se oía relativamente lejano; calculaba que a la altura del porche de la casa a unos cuantos metros de su posición.
Estaba caminando cuando, apresuradamente y con cara de extrema preocupación, se le acercó Ciriaco; esta vez sin su fétida pelota.  
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No había tiempo que perder. Ciriaco se dijo que debía ayudar, a su lento amigo, a salir del solar. Su vida corría, ciertamente, peligro. Pero, ¿Cómo podría hacerlo?
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Habían recorrido unos casi seis metros, cuando Ciriaco dejó de oír las respuestas de Lucio desde el interior de su casa y observó que, por la entrada de la misma, salía un líquido verdoso, casi amarillento…………………………………………………………………………

(nº de registro de la propiedad intelectual09/2010/2757)
http://people.safecreative.org/jose-ramon-de-cea-velasco/u1108080449272 

2 comentarios:

ORB dijo...

Vaya!, rastrojo, escarabajo pelotero, he escuchado infinidad de veces esto en mi niñez...la imaginación que has dedicado a este cuento es impresionante, no puedes leer sin ir viendo las imágenes que nos describes, aparte de los valores de amistad que tiene, es super gracioso, de verdad. Un saludo y como siempre mucha suerte

José Ramón de Cea dijo...

Gracias, ORB. Hoy acabo de recibir los bocetos de las ilustraciones de este cuento...¡¡¡vienen de Argentina!!! Espero que en breve podamos mostraros algunos de ellos ya terminados. Son realmente hechas para este cuento que, como bien dices, tiene sabor de otros tiempos.
Gracias de nuevo y recibe un abrazo.
José Ramón.