domingo, 7 de enero de 2018

LÍNEA 29 (capítulo segundo)




Hola, amigos, buenas noches en este día de los Reyes Magos que espero se os hayan traído muchos regalos: eso será señal de que os habéis portado muy bien durante todo el año pasado. Bueno, pues éste es mi regalo en este día que ya acaba. Espero que paséis un rato agradable leyendo lo que os traigo en este capítulo segundo de “Línea 29”. Antes de leerlo no dejéis de leer el capítulo primero, si no lo habéis hecho hasta ahora. (https://jrdecea-cuentamelos.blogspot.com.es/2018/01/linea-29-capitulo-primero.html). Un cariñoso abrazo para todos vosotros y ¡hasta el tercer capítulo!
José Ramón.


A Gabriel Pocamonta lo recuerdo muy bien, cuando éramos pequeños. Íbamos al mismo curso y recuerdo en él a un niño que siempre buscaba “las vueltas” al profesor y así no llegar a hacer todo aquello que le costaba cierto esfuerzo. No, no era un buen estudiante y tampoco un buen niño. Trataba siempre de embrollar a todo aquél que se le pusiese por delante, incluso cuando el motivo era insignificante. El engaño y el embuste eran su seña de identidad. Su mirada, ya de pequeño, no era todo lo limpia que de un niño se espera y hacía bueno lo de “la mirada es el espejo del alma”. Cuando crecemos, nuestras miserias y defectos se agrandan y, en el caso de Pocamonta, no fue una excepción.
Como ya he mencionado, regentaba un taller mecánico del que poco a poco su clientela fue desapareciendo yo entre otros, aunque no he dejado de tener contacto con él pues es una persona no recomendable para tenerlo de enemigo. Gabriel, mientras estuvo en Gargantilla, fue un buen mecánico; extraordinario, diría yo; pero el negocio lo llevaba a semejanza de los usureros más odiados y despreciados que hayan existido nunca. El ir perdiendo clientela y el poco aprecio de sus conciudadanos fueron unas de las razones de haberse ido a vivir a la capital, junto a Teresa Galindo la razón principal del cambio—, y abrir allí un nuevo taller y una consulta veterinaria con los últimos adelantos. Sus vidas, tras el cambio, les colocaba en una posición bastante desahogada.
Gabriel estuvo casado con Lucía Martos. Una mujer que no le pegaba “ni con cola”. Era una dama de los pies a la cabeza que, para su desgracia, el descubrimiento del affaire de su marido con Teresa Galindo no le trajo nada bueno: Lucía Martos falleció en accidente de tráfico, producido por un fallo mecánico, mientras conducía su coche, valle arriba, hacia la estación de esquí de la comarca. Se despeñó en una de las revueltas de la carretera y, cuando llegaron los bomberos de Gargantilla al lugar del suceso, no pudieron hacer nada por su vida. Tras dos horas de trabajo duro, lograron extraerla del amasijo de hierros en el que se había convertido su vehículo. A los dos días recibía cristiana sepultura en un cementerio abarrotado de vecinos: era muy conocida y querida en Gargantilla.
En su día lo conté en La Crónica Roja.
Nunca se pudo determinar si el “fallo mecánico” en su vehículo, que dio origen al accidente, fue producido por la mano de un experto —dirección a la que todo apuntaba— o causado por un defecto durante la fabricación. Aunque esto fue así, Anselmo, siempre pensó que fue su marido, Pocamonta, quien tras matarla se fue con su mujer, Teresa, a vivir a la ciudad. En el entierro no ocultó este pensamiento y pude oír jurar a Anselmo que “tarde o temprano pagaría por ello el Pocamonta”.
Luis Martos tampoco se creyó nunca la versión oficial del accidente sufrido por su hija, Lucía. Policía local retirado ya hace unos años, todavía daba vueltas en su cabeza a las posibles causas que hicieron que la dirección fallase en aquel vehículo supuestamente bien mantenido.
Yo conozco a Luis mucho y, de vez en cuando, me gusta tener largas conversaciones con él. Es un profesional no demasiado querido en el cuerpo porque es de esas personas incómodas para el jefe: muy profesional y siempre evitando cruzar esa línea difuminada que separa lo que está fuera de la Ley de lo que no se puede hacer a la hora de, por ejemplo, una intervención policial, del tipo que sea. Este, por su parte, estricto cumplimiento de la Ley y de los procedimientos establecidos hacía que no fuese demasiado estimado, ni por sus jefes ni por sus compañeros, aunque, por su exacerbada integridad, sí contaba con el respeto más absoluto por parte de todos ellos. A mí me caía muy bien.
—Vaya, ya es hora de irme, mamá —dije dándole un beso en la frente a mi madre que, con sus ochenta y tantos años (ella, coqueta, nunca me deja que diga su edad), se quedaba frente a la tele haciendo ganchillo.
—¿Ya te vas a buscar cadáveres? —siempre me despedía igual.
—No, mamá. Ya sólo me ocupo de los entierros… —le dije con sorna y cerré la puerta tras de mí.
Hacía bastante frío y todavía se veían los restos del temporal de nieve del fin de semana pasado. Era jueves y debía coger, como todos los jueves, el 115 que me llevaría a Grande. Al día siguiente quería ir a ver a Trescantos por si tuviera algo para mí.



En la parada del autobús, que ya la tenía a unos metros, vi metido en la caseta a Cebrián. Estaba sentado cerca de la puerta, junto a la papelera de rejilla que, me fijé, tan solo tenía una par de plásticos. Hacía mucho frío para estar allí sentado aunque la caseta estuviese casi completamente cerrada, gracias a sus paredes de madera y de cristal que favorecían que dentro de ella la temperatura ambiental fuese de, al menos, dos grados menos de los que hacían fuera. Menos mal que, a medida que se acercaba la llegada de uno de los autobuses comarcales, que enlazaban con las ciudades más grandes, la gente se iba acercando y colmaba el pequeño refugio haciendo subir la temperatura en su interior. En aquél momento, me encontraba sola junto a Cebrián Conde.
—Hola, Cebrián. No te veo buena cara —dije abriéndome paso entre sus piernas y las paredes de cristal.


Continuará…


3 comentarios:

Helena Segura Alemany dijo...

Me gusta que añadas fotos reales aunque la imaginación también va añadiendo detalles de la historia. 😉 Vas describiendo cada personaje y sus vidas con mucha naturalidad que hace que te quedes con ganas de leer más, muy amena lectura😍 A por el tercero voy 🤣

José Ramón de Cea dijo...

Gracias por tu impresión sobre el estilo que empleo. Me estimula a seguir contándoos cosas que os permitan meteros en el escenario que os planteo. Gracias por lo que dices. Un fuerte abrazo, Helena.

Helena Segura Alemany dijo...

Ya ves José Ramón es la verdad. Un abrazo también para ti.A seguir así 😊