domingo, 30 de julio de 2017

PIEDS TANQUEES



Seguimos con temperaturas muy altas: 39 grados en el momento que aconteció lo que os quiero contar. No es que sea nada del otro mundo pero es que tengo ganas de estar con vosotros y contaros algo para que viváis un momento conmigo. Buenas tardes, mis queridos seguidores de mis ilusiones.
Yo creo que eran amigos los que jugaban con esas bolas de acero que pesaban más de lo que se espera cuando se las coge para lanzarlas: entre 600 y 800 grs. Jugaban dos parejas, una contra otra. Los dos de una pareja eran hermanos, con poco pelo y de unos 70 años. Uno bastante más alto que el otro. Los dos con bermudas, aunque las del bajito eran bastante más adecuadas para esa parte de la sesión del circo que los pequeños tanto esperan que llegue. Desde luego para jugar allí, en donde estaban, llamaba bastante la atención y estoy seguro que provocaba la distracción de sus contrincantes.
La otra pareja era más de andar por casa; vamos, más corriente: nada de llamar la atención. Una pareja de dos en el que uno estaba en los 70, como aquellos, y el compañero en la cuarentena. Se les veía más profesionales.
Cada uno de los cuatro disponía de tres bolas metálicas, como mandan las reglas inventadas en la Provenza, aunque se dice que los soldados y marineros romanos las importaron cuando estuvieron dando por saco (perdonad la expresión) por las Galias…y si no que se lo pregunten al del menhir y al de las alitas en el casco. En aquella época las bolas no eran precisamente de acero: lo eran de piedra (estoy seguro que lo habíais adivinado). Entre estos cuatro amigos solo estaba permitido que hubiese doce bolas en juego, ni una más y ni una menos, como también mandan las reglas, y son las que había. Si en lugar de dos por equipo hubiesen sido tres, también permitido, el número de bolas por jugador hubiese sido de dos para, así, no pasar de ningún modo el número de 12 en la pista. El nombre actual de petanca viene del pieds tanquees (pies juntos, en lengua provenzal, pues la bolita pequeña, la de madera maciza, que se lanza primero y se llama boliche, se lanzaba, como el resto de las metálicas, con los pies juntos) y es uno de los deportes más saludables, como bien sabéis.
La sensación de calor, allí donde me senté, era menor que en lo alto de la roca que se daba mucha importancia, seguramente por el castillo que la coronaba. Roca cargada de familias que parecía permitir que un tímido pero precioso río pasase, casi sin molestar, bajo sus pies. (Seguro que alguien ya ha adivinado donde ocurrió lo que os cuento). Sí, la sensación era más agradable pues el agua que corría por allí mismo aportaba la humedad suficiente y la calma necesaria que requería un deporte como la petanca y los espectadores que como yo estábamos allí disfrutando de todo ello. También se dejaban oír lejanos el griterío de los chavales y sus chapoteos dados en la playa artificial que también permite el modesto, y yo creo que algo vergonzoso, río (si algún despistado no se había dado cuenta seguro que no hay nadie al otro lado de la pantalla que no sepa en qué lugar estuve…como alguien lo dirá en los comentarios os remito a ellos para los de fuera de nuestro país). Por todo esto este pueblo está catalogado entre uno de los más bonitos de España.
¡Espera, déjame un momento! dijo el mayor de la pareja que me pareció más profesional.
Se acercó a donde las bolas de acero habían llegado impulsadas utilizando distintas maneras y técnicas alguna ciertamente ridícula—, por parte de sus dueños, con la intención de que besasen al boliche de color rojo pasión. Había mucha competencia por llegar a conseguir, con una, o todas, de las bolas propias, ser la más cercana. Yo, desde mi sitio de privilegio, no perdía detalle.
Están más cerca ellos concluyó tras su examen. Debes lanzarla con fuerza y tratar de sacar ésta de aquí fue prácticamente una orden mientras señalaba la bola más cercana al boliche. Lógicamente pertenecía a uno con bermudas.
El cuarentón lo entendió perfectamente pues le propinó un golpazo a la bola que le indicó su compañero que casi la saca de la zona de juego y la manda con los patos, ignorantes de lo que se estaba jugando a pocos metros, que se afanaban en comer no se qué que bajaba por una pequeña rampa, mezclado en el torrente del río, que, en esta época del año, era muy escaso y no arrastraba casi nada. Ni siquiera, y sobre todo, las porquerías que se veían y habían sido dejadas allí por ese guarro que viene de la ciudad y que siempre nos encontramos entre la naturaleza que no entiende, ni comprende, ni respeta.
Volvamos al juego.
Como digo, con gran precisión, sacó del terreno de juego la del contrario…Era la de aquél del pantalón de Tonetti magnífico grupo de payasos españoles que entre los años cincuenta y hasta 1982 hicieron las delicias de niños, padres y abuelos. A mí me encantaban y sirva este comentario, hecho con todo respeto hacia ellos, para recordarles—, con gran disgusto por su parte y gran júbilo por la del lanzador y su técnico compañero. El hermano de Tonetti es válido el mismo comentario anterior de recuerdo de este grupo de artistas y magos de la risani se inmutó. El tipo estaba sentado en un banco como el mío y miraba de soslayo lo que acontecía en la partida: ya tenía al de las bermudas “simpáticas” a cargo de la situación.
Me costó decidirme en qué banco sentarme: había varias posibilidades, incluso uno de espaldas a lo que allí se estaba barajando y que tanto me divirtió. Por supuesto que no cogí ese. Lo que sí os cuento es que en varias ocasiones me vi hablando para un compañero imaginario que, sentado a mi lado, escuchaba lo que le contaba sobre las bondades de este magnífico deporte y sobre lo que allí estaba sucediendo.
¿Pero qué es aquello? Al hermano del de los pantalones sin piernas le colgaba una cinta desde el banco al suelo. Me tuvo intrigado hasta que se levantó. Por fin se levanta, dije susurrando a mi amigo invisible. Se levantó con desgana y se dirigió hacia donde estaba el resto de jugadores discutiendo el resultado de la partida yo, desde mi sitio privilegiado, tenía claro quién estaba más cerca y así se lo comentaba a “mi compañero”.
Allí se acercaba el alto de los hermanos, con la cinta colgando de una de sus manos. Al final de ella me di cuenta que estaba cogida una pieza metálica de forma troncocónica era algo parecido a esas pesas antiguas que se utilizaban para ponerlas en uno de los platillos y equilibrar el peso de arroz, lentejas, verduras o aquello que se estaba vendiendo. ¿Qué sería aquel artilugio y, sobre todo, para que podría servir? seguro que alguno de los que estáis leyendo esto sabéis la respuesta, pero , os aseguro, que yo, en aquel momento, no tenía ni idea. Con gesto cansado y dolorido, el tipo de la cinta entra en la zona de juego y se acerca a una bola, demasiado alejada de donde estaba dirimiéndose la partida. Debía ser una de las suyas por lo que sucedió a continuación. El hermano de Tonetti posó la pieza metálica, prendida al final de la cinta, sobre la bola y con gesto como si lo que pasaba a su alrededor no tuviese nada que ver con él, empezó a tirar rítmicamente de la cinta hacia arriba…la bola, pegada a la “forma de pesa” metálica, empezó a subir con ella hasta alcanzar una de las manos que rutinariamente siempre la esperaba en la misma posición…: ¡¡el tío vago utilizaba un imán para recuperar sus bolas sin agacharse un milímetro!! ¡Vaya deporte que estaba haciendo! Solo participaba del vicio del juego y no de su beneficio. Estuve un rato divertido no dando crédito a lo que acaba de presenciar y me dije: ¡tengo que hacerme con un artilugio de esos para cuando no quiera agacharme!...es que siempre tendemos a lo fácil. No tenemos remedio.
En el grupo seguían discutiendo hasta que el mayor de la pareja “superprofesional” sacó un metro, de esos metálicos que se enrollan en su cajita cuando se libera la pestaña. Sí, de esos que más de uno se ha dado en las narices cuando violentamente se enrollan, por error nuestro al accionar la pestaña,…por lo menos a mí me ha pasado y el que diga que nunca le ha sucedido, si tiene el valor suficiente, que lo confiese aquí. Pues eso, sacó su metro y se acabó la discusión y la partida. Ganaron los profesionales y mientras se felicitaban, el de las bermudas seguía discutiendo y echándole no se qué culpas, que no tenía ninguna, al de la cinta cómoda me gustó ese artilugio, de verdad que impasible seguía recogiendo sus bolas sin despeinarse ni un solo pelo…ya os dije que tenían, ambos, pocos.
Se fueron ellos y yo continué mi paseo por un camino entre un canal no demasiado limpio y el río que continuaba su peregrinar sin hacer demasiado caso de los de la playa, de los patos, de los petanqueros e, incluso, de mí...quizá porque era un río que me parecía demasiado vergonzoso.
Cuando el Sol se empezaba a despedir de todos nosotros me puse en marcha de regreso. Fue una tarde divertida.
También ha sido divertido el contároslo a vosotros aquí. No es que sea nada del otro mundo lo que os he referido pero me ha permitido estar un rato con vosotros y pensar en lo que nos une, que es esta ventana a nuestra intimidad.
Buenas tardes y recibid un cariñoso abrazo.
Por favor, no dejéis de soñar y de ser felices.

José Ramón.


4 comentarios:

Rosa Elena Gonzalez dijo...

Gracias, José Ramón por ésta entrada tan fresca y divertida, a mí al menos me ha arrancado más de una sonrisa.... sobre todo con la descripción de los jugadores y del imán para recoger las bolas de la petanca (jijiji) el juego a día de hoy es menos físico y duro que en origen.
De nuevo gracias por el ratito en el q nos has hecho olvidar el calorazo, que por otra parte es normal a finales de julio.... Buenas noches para tod@s

Celia Mtnez Sotos dijo...

Es de admirar esa facilidad tuya de sacar una historieta divertida y amena de cualquier cosa que observes a tu paso. Sigue haciéndolo!!

José Ramón de Cea dijo...

Muchas gracias, Rosa, y me alegro que te haya resultado divertido. Al final el objetivo de la escritura es provocar sensaciones y hacer vivir escenas a través de las letras. El haberlo conseguido me llena de satisfacción porque ese era mi fin. Gracias también por el comentario que me mandaste por otro medio y que quiero reproducir aquí pues es interesante. Hablabas de que el provenzal, idioma del que parece que procede el nombre inicial de lo que ha llegado a ser la petanca y que da nombre a esta entrada, se asemeja más al catalán que al francés que era al que yo pensaba que lo hacía. Me decías también que lo mismo ocurre con bastantes otras expresiones de la zona sur francesa. También me aclarabas que en francés se denomina "Boules". Bueno, pues muchas gracias por tu aportación pues enriquece lo que yo escribí. Un abrazo cariñoso. José Ramón.

José Ramón de Cea dijo...

Muchas gracias, Celia, por tus ánimos pues eso me estimula muchísimo a seguir contando escenas corrientes de la vida en clave de humor, por ejemplo, como es este el caso. También aprovecho para darte la bienvenida a este blog que a partir de este momento también es el tuyo. Espero disfrutes con lo que encuentres en él y sea este rincón uno que busques cuando quieras un poco de tranquilidad y alejarte del bullicio de nuestra rutina. Gracias de nuevo. Un abrazo. José Ramón.